sábado 29 de septiembre de 2007

Ideas originales

Tener una imaginación un poco gamberra y usar el ¿Qué pasaría sí...? son los requisitos imprescindibles para cosechar ideas para nuestros relatos. Sin embargo, eso sólo resuelve la primera parte del problema. Las ideas no sólo tienen que ser muy buenas para que puedan funcionar. También deben ser originales.

A medida que me hago viejo, me doy cuenta que es imposible crear nuevas ideas. Parece que todo está inventado, y nos limitamos a reciclar material ajeno (no es, aclaro, una afirmación categórica, sino una mera una impresión). Es lo que tienen unos tres mil años de literatura. Los grandes temas han sido trillados hasta la saciedad, y cuando nos encontramos ante una obra realmente fresca, nos damos cuenta de que utiliza elementos conocidos, variando la dosis o el formato para colarlo como algo novedoso.

Tolkien arrasó en el mundo de la literatura fantástica, no porque creara nuevos iconos. Su tono épico ya era utilizado en tiempos medievales, así como su amplio catálogo de arquetipos. Su triunfo estuvo en saber combinar todo eso de acuerdo a una fórmula diferente. A vez de presentarnos su relato desde un punto de vista fantástico, diseña una geografía, unas lenguas o una historia con la rigurosidad y detalle de una enciclopedia.

Tampoco Michael Ende nos contaba nada nuevo en La Historia Interminable. Alicia ya se había hecho muy vieja cuando Bastián inició su viaje a un mundo fantástico. Lo novedoso era el formato. El lector se convierte también en un aventurero a punto de realizar su propia visita a Fantasia.

Más ejemplos, sin salirnos del género. Las crónicas de Elric no nos presentan un paisaje ni unas aventuras muy diferentes de las protagonizadas por el veterano Conan. Lo original, en este caso, es ofrecernos un personaje se sitúa en el extremo contrario a todo lo que representa un héroe épico.

A la hora de pensar una historia, debemos preguntarnos si es algo que no nos han contado ya. Normalmente, la respuesta es afirmativa, pero siempre podemos dar una vuelta de tuerca o hacer un oportuno cambio de enfoque: que el protagonista sea el malo en vez del bueno, que el narrador sea ejercido por el personaje más inverosímil, invertir el argumento (en vez de buscar algo, que la trama consista en deshacerse de algo), etcétera y etcétera.