Con cuatro o cinco años, me obsesionaba la idea de la Puerta. No sé muy bien qué sembró en mí esa inquietud. Quizá estuviera ahí, como el color de mi pelo o mi alergia a la aspirina; algo determinado desde el momento en que papá lo echó su semillita a mamá. La Puerta podía estar en cualquier parte y adoptar cualquier forma. Desde fuera, nadie notaría la diferencia. Tal vez la del cuarto del baño. El pequeño Juan necesita hacer pis, y tira del pomo con ganas de mojar cerámica. O la del portal, sucia de pintadas tan obscenas como misteriosas, entrada a un mundo todavía incomprensible. O quizá una trampilla, descubierta por casualidad en los descampados, tapada por la tierra y algunas pelotitas de estiercol. En todos los casos, la Puerta me franquearía la entrada a otro mundo. No necesariamente mejor ni menos terrorífico, pero atado a otras leyes y principios.
Pero no podía encontrarla. Me faltaban años, y algún que otro barato libro de psicología, para entender la naturaleza de esa necesidad. Me conformaba con esperar e imaginarme las aventuras que me aguardaban al otro lado.
Fue así como empecé a escribir. Por mera frustración. Ya sospechaba que el objeto de mi búsqueda nunca estuvo fuera. Porque mi primera novela relata las andanzas de un aventurero en las entrañas del mundo. Profundiza debajo de la superficie, y aunque no encuentra el tesoro, la experiencia lo ha transformado. Se ha hecho más fuerte y más sabio.
Hoy en día, mi empeño literario tiene el mismo propósito. Es la cuerda que me permite descender más hondo. Cada vez más hondo.
martes 11 de septiembre de 2007
Inicios
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