Es un tema del que ya he hablado en los foros que suelo frecuentar, pero me gustaría exponer aquí también. A saber: lo chungo que es publicar. No lo digo con demasiado conocimiento de causa. Nunca he envíado un manuscrito completo, y sólo me he presentado a un par de cértamenes a lo largo de toda mi carrera. Tres o cuatro cartas a agentes literarios y un par de entrevistas resumen toda mi experiencia editorial.
Pero es una simple cuestión de cifras, y el resto se puede deducir por la mera observación.
España no es Estados Unidos, esa es la más importante y dura lección que debe asumir el escritor novel. Un mercado más reducido significa menos oportunidades. Los editores no están dispuestos a asumir demasiados riesgos, y la competencia es abrumadora. Vayamos a cualquier librería, y eliminemos los autores extranjeros. Luego, los clásicos nacionales. Por último, el puñadito de best-sellers, léase Revertes y demás. Los pocos libros que se queden, es el diminuto hueco por el que debemos colarnos. Y he visto hojales de aguja más amplios...
Los editoriales son un negocio, no una ONG. Tampoco debemos perder de vista esa obviedad. Su función principal es la de vender un producto. Para asegurar ventas, incluyen en plantilla a autores consagrados, que ya han construído una "imagen de marca" (o se la modelan a medida mediante celebérrimos certámenes, como Planeta y demás) que hacen que sus libros desaparezcan de las estanterías prácticamente solos. De ahí el éxito de juntaletras vocacionales de todo pelaje, en muchas ocasiones, negro literario mediante, pero que gozan de un enorme tirón mediático. Para estas editoriales, arriesgar un sólo céntimo en un escritorzuelo novato es inconcebible.
¿Qué opciones le quedan al principiante? Pues las sobras. Editoriales de segunda fila que buscan su abrirse un nicho en el mercado, y deben reclutar su propia colección de talentos. Sin embargo, un negocio pequeño implica pocos medios. Normalmente, tiradas que van entre los mil y los diez mil ejemplares (recordemos que editoriales tan importantes como Minotauro, dentro el género fantàstico, prometen tiradas de entre cuatro y los veinte mil ejemplares al ganador de su certamen estrella...) ¿Qué significa eso? Pues teniendo en cuenta que el autor se suele llevar un 10% sobre el precio final de venta, suponiendo que una tirada de diez mil ejemplares se agote por completo (algo muy difícil, casi imposible tratándose de un novel), y suponiendo que cada uno se venda a 10 euros, los beneficios sumarían... unos diez mil eurillos, sin que Hacienda abra todavía la boca para morder su trozo.
Sin embargo, no olvidemos que ese sería el mejor de los casos. Hay que ser realistas. Los editoriales no tienen grandes medios de promoción. Lo que significa que no sólo tendremos que conformarnos con tiradas reducidas, sino también con una publicidad casi nula (¿cuántos de vosotros habeís comprado un ejemplar impreso o en PDF en páginas literarias dedicadas a la promoción de autores noveles? No, no valen las obras de amigos ni familiares. Pues eso...) Es muy probable que una porción más o menos amplia de ejemplares termine criando polvo en algún almacén. Y ese tipo de fracasos, para un principiante, se convierte en definitivo.
Recopilemos. Encontrar a un editor es una misión casi imposible. Pero si debido a alguna providencial alineación de planetas lo conseguimos, es probable que obtengamos unos beneficios ridículos, o nos llevemos un palo tan grande que no podamos levantar de nuevo la cabeza. Así de crudo.
La otra opción son los certámenes literarios. La novelista Laura Gallego puede dar fe, y es el mejor ejemplo de autor nacional que ha conseguido triunfar utilizando esta vía. Personalmente, no me gusta demasiado. Estos concursos no son un acto de beneficencia. Tengamos esto claro. No se trata de cazar a un buen escritor y lanzarlo al éxito. Si eso ocurre, cojonudo, pero la idea central es vender ejemplares. Eso significa que se tiende a premiar fórmulas que ya han funcionado antes, o están de moda en ese momento, aunque la temática del concurso sea supuestamente libre. Si se impone la literatura femenina, no tes vas a comer un rosco si tu seudónimo es Manolo Guerrero (por decir algo). Si están de moda los Dan Brown y las tramas esotéricas, mal camino llevas si presentas una historia romántica donde no sale un monje ni una sola conspiración. Etcétera. Y hay géneros que nunca han estado de moda ni lo estarán jamás en este país, como el terror o la ciencia ficción, fuera del puñadito de editoriales especializadas en ese campo.
A eso hay que sumar que los certámenes suelen imponer determinadas condiciones en cuanto a temática, extensión y demás, lo que muchas veces, nos impide presentar ese manuscrito tan estupendo en el que llevamos trabajando desde hace meses.
Resumiendo, presentarse a un certamen significa escribir una obra especialmente concebida para ello. Y eso, no es nada sencillo.
Esto es lo que hay, amigos. Podemos ignorar los datos, tacharme de andaluz exagerador, o pensar que no nos afectan, porque somos unos putos genios y nuestro destino es hacernos ricos y famosos. Pero nada de eso afectará a las reglas del juego. Las tendremos que asumir, por las buenas o por las malas.
De hecho, creo que ahí está el primer filtro, que determina quien puede convertirse en un escritor y quien no lo será jamás. Si después de saber todo esto, se continúa escribiendo, porque el objetivo es divertirse o cultivarse narrando una historia, se está por el buen camino.
sábado 22 de septiembre de 2007
La realidad editorial
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