Thursday, September 20, 2007

Poesía (2)

Yo suelo comparar el arte de escribir con el de la pintura. Es muy difícil establecer una pautas concretas y universales, porque cada autor tiene su propio estilo, y puede hacer del exceso o del defecto una virtud. Poco tienen que ver un Goya con un Picasso. Pero sí hay ciertas reglas básicas en la administración del color, en el uso de la textura o en la distribución de las formas. Con la literatura y la poesía, ocurre lo mismo. Lo que para algunos novatos es un vicio, algunos autores saben convertirlo en una virtud. Por ejemplo, Lovecraft sobrecarga sus prosa con un gran número de adjetivos rimbombantes, que contribuyen a la atmósfera de sus historias. O un lenguaje que consideraríamos pretencioso y rebuscado, es la virtud de grandes escritores tanto clásicos como contemporáneos.

Respecto a la poesía, olvidamos con frecuencia una característica básica. Que sea un producto de consumo de la intelectualidad, es un fenómeno reciente. La poesía solía ser una expresión del pueblo llano, con compositores a veces tan analfabetos como su audiencia. De ahí su sencillez y su pureza. La necesidad de comunicar el mensaje, ya sean las andanzas de un mercenario o los sentimientos que inspira una determinada muchacha, es tan imperiosa y esencial como la de adornar el verso. Una cosa no se entiende sin la otra. El arte como expresión incalcanzable y no siempre comprensible, como barrera de paso entre una élite cultural y la gran masa es, repito, una novedad en términos históricos.

El arte se puede adoptar como pose, desde luego, y cumbre de una pretendida superioridad, aunque no sea una actitud que me merezca respeto. El verdadero escritor pretende contarnos algo. Ese es su objetivo.

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