viernes 21 de septiembre de 2007

Terror

Los niños suelen tener algún tipo de talento, que a veces olvidan cuando el tiempo los estropea, y los padres tratan de cultivar a todo costa, con ánimo de lucirse cuando hay visita. Ya saben. Aquello de tocar algún instrumento, ya sea el violín o la flauta dulce, no siempre con el debido genio o entusiasmo. Abusar del cante o del baile, algo muy de moda desde que tenemos una tele hambrienta de fenómenos en miniatura. Una habilidad innata para el cálculo o las complejidades de negras y blancas sobre un tablero. Etcétera.

Mi especialidad eran las historias. Sobre todo, las de terror. No es una virtud que reporte grandes beneficios a edades párvulas, cierto es. Al niño canijo y cabezón, con la mirada hundida en un par de ojeras tempranas, no le empuja la madre entre sorbo y sorbo de té delante de la tía Rosa Mari, diciéndole: "Cuéntale una de esas horribles historias que se te dan también, venga", sobre todo, si la venerable Rosa Mari anda un poco pachucha, y la puede derrotar una subida de azúcar o una bajada de tensión. Es algo que se sufre en silencio, como la almorranas, y de lo que raramente se presume, fuera del ambiente adecuado.

Pero si el escenario era propicio, podía desencadenar lo mejor (o lo peor, según el sistema de referencia utilizado) de mi naturaleza. Provocar el miedo en tus semejantes con una historia es como asaltar una fortaleza. Desde los adarves, los centinelas se ríen de las fuerzas congregadas para atacarlos y se pavonean para subir la propia moral y estropear la ajena. Hay que demostrarles que el ataque va en serio. Se cuida el tono de voz, los tiempos verbales, los distintos colores y texturas. Una táctica simple es emplear la primera persona, o referir acontecimientos que se han escuchado contar a alguien de confíanza. Los muros de la razón son fuertes, pero no indestructibles, y pueden jugar en prejuicio de los defensores si se acaba el alimento o el enemigo usa sabiamente la artillería. El raciocinio es muy sensible a los detalles, y los engulle con voracidad. Pequeños caballos de Troya destinados a reventar la fortaleza desde sus entrañas. Hay que apoyarse en datos reales y conocidos por la audiencia. Envilecer noticias de los periódicos, rumores, entremezclar la verdad y la mentira en una entidad indivisible. A partir de ahí, la incredulidad del oyente queda en suspenso, y el camino al horror se abre en toda su magnitud.

Tanto éxito tenía como narrador, de hecho, que los padres de mis amiguitos solían venirse a mi casa para quejarse, y prohibían a sus vástagos futuras junteras. No es agradable despertarse por la noche porque tu hijo grita como si lo estuvieran degollando, o tener que cambiar sábanas meadas al día siguiente. Nadie me había enseñado a hacerlo, salvo el pozo de mi propio instinto, donde todos somos homínidos recolectores perpetuamente acechados por los depredadores.

Sin embargo, es un género que he tocado muy poco en mi edad adulta. Los temores del hombre son pocos y constantes, y las ideas se repiten hasta el abuso. Es muy difícil concebir algo fresco, un horror de vanguardia que asuste y sorprenda.

3 comentarios:

Ozimandias dijo...

Pocas veces una ficción me ha asustado. Supongo que el terror provocado por situaciones reales de la edad adulta (como saber que en pocos días vas a perder a un ser querido o esperar los resultados de un test médico) es tan duro e intenso, que para que una fantasía pueda provocar similares sensaciones debe saber tocar las mismas conexiones emocionales, y eso es difícil tratándose de una obra que debe, además, enfrentarse a la barrera que supone el no tener dimensión física, sino ser puramente concepto. El terror infantil es más puro y libre, más versátil, pero llevamos toda la vida enfrentándonos a monstruos en el armario; no así a situaciones cotidianas realmente terroríficas.
Por ello, cuando una narración me provoca pánico, reconozco el mérito del autor, porque no es nada fácil.

Juan J. Fermín dijo...
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Juan J. Fermín dijo...

Juan J. Fermín dijo...

Representas muy bien a cualquier tipo de lector (y me incluyo en el lote: desde Maupassant a King, pasando por Poe o Lovecraft, soy un fanático del género), y lo que comentas recalca todo los problemas a los que debe enfrentarse un autor: una audiencia ya crecidita, que no está para historietas de fantasmas. De todas maneras, hay algunos trucos... :)