sábado 27 de octubre de 2007

El detalle

Tengo una curiosa manera de pensar. Busco historias en el objeto más insignificante, y no hay nada que no pueda estimular mi imaginación. Me pregunto de quien será ese bicicleta, aparcada en el balcón de un piso cualquiera, y trato de ver el día en que se la regalaron a un niño, y de las cosas que hizo para disfrutarla. Cuando subo o bajo el volumen de mi Ipod, fantaseo con el ingeniero que bosquejó sus primeros esquemas, o con el empleado mal pagado que ayudó a ensamblarlo. Las personas, como no, son una inagotable fuente de sugerencias también. Los ojos, las emociones impresas en la cara, las ténues señales que suelen acompañar a las manos. Lo desmenuzo todo, sin medida ni descanso. Ahora mismo me pregunto quien serás tú, donde estás y qué haces a medida que lees estas palabras.

Este proceso mental suele ser tan denso y continuo que rara vez atesoro algún pedazo. Rara vez tienen valor separado del conjunto, y no justificarían el espacio ocupado en la memoria. Pero el sólo hecho de mantener despejada la senda entre realidad y fantasía brinda sus frutos. Cuando me toca sentarme a escribir, puedo profundizar en los detalles más insignificantes con la misma intensidad.

Se puede ser un excelente escritor sin pasar de la superficie. Ejemplos tenemos muchos, harto reconocidos. Pero en mi opinión, la literatura no empieza a respirar y latir si no sondea en las intimidades del espíritu, por cursi o grandilocuente que pueda sonar esta frase, y obtener allí todo el calor necesario para prender su propio fuego. Un buen libro es algo más que una historia. Es un universo contenido en sus propios límites.