Las moscas comen mierda con el mismo entusiasmo con el que devorarían el caviar. Tanto les da una cosa que la otra, y ninguna de la dos altera su naturaleza. Siguen siendo moscas. Esta obviedad no parece aplicarse al mundillo de la cultura. Muchos comensales creen obtener dignidad o miserias del alimento que consumen. Ya saben. Hay manifestaciones culturales o artísticas que ni siquieran merecen ser consideradas como tales, por ser la alfafa del rebaño. Y luego está, atesorado en el margen, lo más exclusivo. Cosas normalmente tan abigarradas, incomprensibles y remotas, que sólo los intelectuales con el pene especialmente voluminoso, saben apreciar.
Yo siempre me había considerado un bicho raro, admítolo. Un prototipo de gafapasta, que coleccionaba textos de Kalil Gibran o leía a Nietzsche cuando la gente de su edad le pegaba al balón o discutía si el mejor ordenador era el Amstrad o el Spectrum. Pero frente a esta modernas hornadas, no soy más que un cateto. Si para colmo confieso que me gusta leer a King, ni me duelen prendas por tragarme el último taquillazo, mi retraso mental queda definitivamente confirmado.
viernes 19 de octubre de 2007
Moscas culturales
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