Desde que empecé mi nuevo trabajo, apenas me queda tiempo de escribir. Son las ocho y cuarto y acabo de llegar. Ahora, me toca prepararme la comida y la ropa para mañana, cenar y... poco más. Que luego me tocan diana a las seis.
Las idas y venidas, aunque cargantes, quedan compensadas de sobra en el puesto de trabajo. Lo realmente irritante es haber tenido que aparcar mi proyecto literario. Escribir se parece mucho a una carrera de fondo. Una vez cogido el ritmo, lo más sencillo es mantenerlo y seguir corriendo. Si paras a beber agua, el cuerpo dirá basta y será imposible reanudar la marcha.
También el ritmo es la energía secreta que anima la literatura. La uniformidad en el tono, en la proporción de los elementos y en otros mil detalles subjetivos. Todo el conjunto debe ser consumido en el acto. Cuando pierde frescura, todo cambia, empezando por el estado de ánimo, el gran condicionante. En estas circunstancias, recuperar un manuscrito incompleto, es como enfrentarse a la obra escrita por otra persona. Hay semejanzas y cierta familiaridad, pero se antoja más sencillo derribar el edificio entero y reempezar desde el inicio.
Como perfeccionista obsesivo, debe evitar cuidadosamente ese tipo de pensamientos. Reiniciar un proyecto, en una vida donde abundan las pausas, dibuja un círculo infinito e inacabado. Es un consejo que quizá se pueda extender a otros escritores. Cuando se produce una interrupción, por cualquier motivo (especialmente, un bloqueo), parece mejor continuar de cualquier manera, saltándose incluso ciertos pasajes problemáticos con la promesa de volver a ellos en el futuro, que no volver a la primera página.
Una vez creado el conjunto, rellenar los posibles huecos se convierte en un mero trámite, un paso lógico en el proceso de corrección final.
miércoles 10 de octubre de 2007
¡No hay tiempo!
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