Cuando era niño, me fascinaba la literatura fantástica. Más tarde, con los granos y la masturbación (mucho más de lo segundo que de lo primero), llegaron el budismo, mis colaboraciones en revistillas seudocientíficas, y mis tonteos con el esoterismo de marca occidental, léase Crowley y demás gente de mal vivir. Hoy en día, mi salud mental me agradece que no buscara salidas de emergencia sino, más bien, caminos alternativos para entender mi propia realidad, recorridos sin ningún prejuicio, pero con un salvador espíritu crítico. Eso me permitió salir por el otro lado del túnel después de haber constatado que no hay sustanca útil en una cáscara vacía, salvo el eco levantado por sus propios moradores. Además, los miembros de esta tribu son excelentes o terribles fabuladores, de los que se puede tomar o rechazar ejemplos a la hora de escribir nuestras propias historias.
Ese puede ser un oasis aceptable, si los subterfugios sugeridos en otras entradas de este blog no acaban de funcionar. Pero es como beber de un charco abandonado al sol. Evitará que mueras deshitratado, si estás próximo a ese límite, pero no es precisamente el tipo de líquido que te gustaría llevarte a la boca.
De todo esto me di cuenta cuando probé otros cauces, después de mis periplos por la superchería. Hay fuentes inagotables para el escritor sediento, que podríamos resumir con un artículo y su sustantivo: la realidad.
Por ejemplo, la cosmología y la biología evolutiva son materias que me fascinan. En castellano elemental, hace unos quince mil millones de años, el universo entero se concentraba en una singularidad. Aquello reventó, formando unas cien millones de galaxias, cada una de las cuales contiene un número equivalente de estrellas. En una de ellas, hace cinco mil millones de años, los elementos más densos se concentraron hasta formar los planetas rocosos, incluyendo el nuestro. Unos tres millones de años de evolución nos contemplan. Somos un puñetero milagro. Se han ido sucediendo escenarios de ciencia ficción en el desarrollo de nuestra planeta. En el silúrico, por citar sólo uno, nuestros abuelos eran peces acorazados, que debían huír de escorpiones gigantes.
No importa que yo ahorre detalles o que los propios científicos no se pongan de acuerdo en algunas cosas. Esa realidad ha sido contrastada, y las pruebas están al alcance de cualquier que tenga una inteligencia media y un nivel de formación elemental. Otros prefieren agarrarse a sus libros religiosos que, en comparació, son grises y poco estimulantes. Que Dios creara el universo en siete días, es un mal chiste si se compara con las teorías manejadas por los físicos.
La literatura fantástica está muy bien, pero tampoco soporta comparaciones. Películas como 300 (triste que debe ser éste el único método de difusión eficaz), ha mostrado al gran público historias más terribles y fascinantes que las andanzas de cualquier elfo. Pero hay bastante más, que no suelen aparecer en los libros de historia que nos enseñaban en el cole, salvo como brevísima anotación. Una historia que sigue desarrollándose a nuestro alrededor, y con la que podemos entrar en contacto a través de los medios de comunicación, especialmente los impresos. Cualquier periódico del día ofrece argumentos para desarrollar una novela, de terror, romántica, de lo que sea. Hay donde elegir.
jueves 4 de octubre de 2007
¿Y si faltan ideas?
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