martes 13 de noviembre de 2007

Cambiar

No piensen siquiera en cambiar: serán siempre como son, y no de otra manera.

Esta cita siempre me ha invitado a reflexionar. Se incluye en El Libro de Ley, de Aleister Crowley, y la escoltan otros asertos de similar calibre, que tal vez merezcan ser analizadas en otro momento.

Creemos en el cambio. Nos asociamos a otros hombres o mujeres con la esperanza de erosionar sus imperfecciones con tiempo y constancia. Podemos, en efecto, doblegarlos a nuestra voluntad, pero eso no implica ningún tipo de transmutación. La sustancia será la misma, y también su tendencia ha adoptar ciertas formas y ángulos. Nosotros mismos minimizamos errores y carencias en la esperanza de nuestra propia transformación. Si miramos atrás, la distancia nos sugiere que lo hemos logrado. Somos distintos, decimos. El niño naufragó en las edades del pavo, el adolescente conquistó la juventud, el adulto aspiró a la madurez. El empollón de la clase, que tartamudeaba y era generoso de formas, hoy lidera una gran empresa y luce tipo en una cancha de tenis los fines de semana.

Pero rara vez coinciden superficie y profundidad. Por espeso y duradero que sea el maquillaje, no dejará de ser una cubierta. Cuando se rasca o se cuartea, exhibe la piel que hay debajo, sin añadidos ni ceremonias. Un lobo puede menear el rabo y defender las gallinas del cazador que le rescató del cepo, pero nunca dejará de ser un depredador, de la misma manera que el carnero que sabe morder y cocear está condenado a interpretar el papel de presa.

¿Quienes somos? Tal vez baste mirarnos a nosotros mismos, en la pureza de nuestra primera memoria, para responder esa pregunta.