domingo 18 de noviembre de 2007

Expediente X (1)

Como he comentado en alguna ocasión, cuando era adolescente colaboraba con algunas revistas dedicadas a la temática paranormal y similares. Muchas de esas publicaciones, no eran más que fotocopias grapadas que se distribuían por correo (duros tiempos aquellos en los que no había Internet), pero otras sí se publicaban comercialmente. En todos los casos, no obstante, los contenidos no destacaban por su rigor. Un conductor borracho que duerme la mona en una cuneta no vende ejemplares. Pero la cosa cambia si atribuimos su visión borrosa y su lapso inconsciente a una panda de alienígenas desocupados.

Los "investigadores" de este tipo de fenómenos suelen pertenecer a un bando u otro. El de los que sacan cuartos con sus historias, y están muy interesados en inventarse o adornar lo que sea necesario para seguir engordando su cuenta corriente. Y el de crédulo autopromocionado al escalón superior, que cree firmemente en las historias que él mismo se inventa.

De los primeros sigue habiendo muy pocos. Hay que tener cierto talento, indudablemente, para vivir del cuento. Pero los segundos se multiplican como las bacterias en la carne podrida, gracias a Internet. De todo saben y de todo opinan, con la superioridad de quien se cree en posesión de la verdad absoluta, y puede reirse de los idiotas que tienen la mente demasiado cerrada para verla. Ya saben. El hombre no llegó a la luna, los marcianos nos meten sondas por el culo (con la obvia complicidad del gobierno USA), los fantasmas desgastan sus Plastidecor en las paredes de Bélmez, etcétera.

Razonar con ellos sirve de muy poco. La consigna es creer primero y demostrar después, no al contrario, y todas las pruebas deben ajustarse a dicha creencia. No existe mucha diferencia entre los miembros de esta tribu y los de cualquier religión, tal vez ninguna. Para ellos, no somos más que una minúscula parte de ese rebaño de desinformados ajenos a la Verdad.