Desde que estrené mi nuevo empleo, no he vuelto a escribir. No es la primera vez que las circunstancias me apartan de un texto, pero nunca me acostumbro a esta sensación de empacho. Las palabras que deberían salir de mi mano parecen conquistar todos mis espacios, y se apropian de mis pensamientos. Creo que eso lo que buscan, en el fondo. No un cauce de lecho blanco sobre la pantalla del ordenador, sino enraizar en la tierra y ser regadas con sangre. Latir, aunque no puedan hacerlo solas, y deban robarle la vida de su portador. Es estos momentos cuando pienso que no hago literatura, ni buena ni mala. Es ella la que me sueña, la que me usa, la que me arrastra. No quiera que lea ni que escriba. No es en una cosa ni en la otra donde tengo el aliento ni el corazón. Es en la fuente misma de todas las manisfestaciones donde está la llama; en el papel sólo quedan tibios rescoldos. Allí busca su anhelo, usándome de barca y marea.
No me disgusta su empuje, también es verdad. Me salva de la certeza de saberme humano, con todas sus limitaciones, y me seduce con dulces promesas. Yo no escribo, me dice. Es un tarea sin gloria. Debería ser como Bastián, y construir mi propio universo sin más leyes que mi propia voluntad. Y a veces, en la almohada, en el sueño agitado del pasajero que vuelve a casa, en un rincón íntimo que no debería relevarse, siento esa posibilidad en la yema de los dedos. Pero cuando cierro el puño y lo devuelvo a mi rostro expectante, descubro una palma vacía. Vuelvo a ser un hombre, sujeto a las miserias y barricadas del vivir, sin más brillo del que pueda obtener escribiendo sus historias.
Así que debo volver al sucedáneo, haciendo creer a otros la existencia de mundos y personajes que yo conoceré jamás. Salvo en mis más profundos deseos.
martes 4 de diciembre de 2007
Bolígrafo oxidado
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