Mi sueño más íntimo es conquistar la inmortalidad. Supongo que lo mismo quiere cualquiera de vosotros. La muerte no es, ante todo, ni temible ni inevitable. Es obscena. El insulto final que debe padecer este ombliguista criatura, que nunca ha aprendido del todo a dejar el centro del universo. La tumba nos devuelve a la más elemental de las verdades; que somos máquinas biológicas. Ningún dios espera la cosecha de nuestra alma, buena ni mala, no habrá respuesta para ningún interrogante. Tampoco encontremos satisfacción para las injusticias, ni recompensas por nuesta virtudes. Sólo química haciendo su trabajo, como lleva haciéndolo algunos miles de millones de años.
No carece de atractivo, aunque parezca imposible concebir tal idea. Es un problema de perspectiva. La vida es derecho que todos adquirimos y al que no queremos renunciar, pero tal vez la muerte nos ayude a entenderla como un raro privilegio. Si estuviéramos condenados a no ver, a no escuchar y a no sentir hasta el fin de los tiempos, ¿qué no daríamos por el más breve parpadeo de luz, por la nota más efímera, por cualquier caricia? Eso es la existencia, después de todo, y no otra cosa. No hemos existido durante miles de millones de años, y tampoco lo haremos en los siguientes. Sólo disponemos de este breve instante. Cada uno de nuestros alientos es un tesoro único e irrepetible. Quizá debamos plantearnos como los aprovechamos.
domingo 9 de diciembre de 2007
Vivir mil veces
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