Me ha costado doces años darme cuenta que los ordenadores clónicos tienen la misma calidad que un excremento de mico. Invariablemente, me han ido cascando entre el primer y el segundo año de vida, siempre de manera catastrófica. Este último era de marca, y además la instalé un buen lote de refrigeradores adicionales para combatir el calor. Ha dado igual. Como todos, terminó convertido en un engorroso pedazo de chatarra.
Ayer me planteé tres opciones. La primera, reparar el trasto. Eso quedó descartado cuando me puse a investigar (prefiero pagar a un tercero que andar jugando con el destornillador: es algo superior a mis fuerzas, como pedirle a un hetero que se ponga cachondo mirando a Boris Izaguirre, pero la tienda estaba cerrada...) y descubrí que la placa y el procesador estaban fritos. La segunda, era comprar un ordenador aún más caro que el anterior, con un montón de dispositivos de refrigeración y seguridad y componentes de primeras marcas. O sea, subirse por encima de los dos mil quinientos euros. Claro, que eso mismo pretendía hacer la última vez, y mira como hemos acabado.
La tercera opción, y la definitiva, se presentó en el Carrefour. Iba a buscar un pack de cervezas, pero aproveché para tirar el ojo en la sección de ordenadores. Había un Acer con Athlon 3800, tarjeta GeForce 6100, 1 GB de RAM y 200 GBs de disco duro por 380 eurillos. Tardé dos segundos en llevármelo. Salvo por la RAM, y después de añadirle el antiguo disco duro, salgo ganando con el cambio. No podré jugar a los juegos de última hornada (tampoco tengo mucho tiempo para eso), pero si casca dentro de un par de años, lo habré amortizado de sobra.
Por cierto: ¿qué clase de invento infernal es el Windows Vista? Me pareció tremendamente cachondo que no me dejara acceder a mis propios archivos. Tardé cinco minutos en pasarme al XP. Ya se sabe que malo conocido...
domingo 30 de septiembre de 2007
Estreno
sábado 29 de septiembre de 2007
Ideas originales
Tener una imaginación un poco gamberra y usar el ¿Qué pasaría sí...? son los requisitos imprescindibles para cosechar ideas para nuestros relatos. Sin embargo, eso sólo resuelve la primera parte del problema. Las ideas no sólo tienen que ser muy buenas para que puedan funcionar. También deben ser originales.
A medida que me hago viejo, me doy cuenta que es imposible crear nuevas ideas. Parece que todo está inventado, y nos limitamos a reciclar material ajeno (no es, aclaro, una afirmación categórica, sino una mera una impresión). Es lo que tienen unos tres mil años de literatura. Los grandes temas han sido trillados hasta la saciedad, y cuando nos encontramos ante una obra realmente fresca, nos damos cuenta de que utiliza elementos conocidos, variando la dosis o el formato para colarlo como algo novedoso.
Tolkien arrasó en el mundo de la literatura fantástica, no porque creara nuevos iconos. Su tono épico ya era utilizado en tiempos medievales, así como su amplio catálogo de arquetipos. Su triunfo estuvo en saber combinar todo eso de acuerdo a una fórmula diferente. A vez de presentarnos su relato desde un punto de vista fantástico, diseña una geografía, unas lenguas o una historia con la rigurosidad y detalle de una enciclopedia.
Tampoco Michael Ende nos contaba nada nuevo en La Historia Interminable. Alicia ya se había hecho muy vieja cuando Bastián inició su viaje a un mundo fantástico. Lo novedoso era el formato. El lector se convierte también en un aventurero a punto de realizar su propia visita a Fantasia.
Más ejemplos, sin salirnos del género. Las crónicas de Elric no nos presentan un paisaje ni unas aventuras muy diferentes de las protagonizadas por el veterano Conan. Lo original, en este caso, es ofrecernos un personaje se sitúa en el extremo contrario a todo lo que representa un héroe épico.
A la hora de pensar una historia, debemos preguntarnos si es algo que no nos han contado ya. Normalmente, la respuesta es afirmativa, pero siempre podemos dar una vuelta de tuerca o hacer un oportuno cambio de enfoque: que el protagonista sea el malo en vez del bueno, que el narrador sea ejercido por el personaje más inverosímil, invertir el argumento (en vez de buscar algo, que la trama consista en deshacerse de algo), etcétera y etcétera.
viernes 28 de septiembre de 2007
Sin moto, ni ordenador, ni...
Llevo varios días sin pontificar sobre literatura porque no he podido acercarme demasiado al ordenador. El martes se me averió mi único medio de transporte y perdí medio día en hacer venir una grúa y llevarla al taller. Ahí sigue. Ayer, después de volver del curro, decidí echar una partidilla al Unreal, y en mi tercer Deathmatch el ordenador se apagó y ya no se ha vuelto a encender. La fuente está bien, así que sospecho que habrá petado la placa. He perdido la cuenta de cuantos ordenadores me han cascado por el mismo motivo. Menos que mal que seguí mi propio consejo de los otros días, y he podido recuperar mi novela sin problemas. Ahora estoy funcionando con un ordenador que me costó 20 eurillos por Ebay, un Celeron 600 con 128 MBs de RAM y Windows 98. Vamos, un avión. En concreto, el primer prototipo de los hermanos Wright. Ese que iba a pedales. Con decir que me cuesta parir esto, porque lo que escribo aparece en pantalla varios segundos después de haberlo tecleado...
No todo iban a ser malas noticias. El trabajo es mejor de lo que esperaba, en todos los aspectos. Lo único que me fastidia, de hecho, es ser un pequeño lastre en estas primeras etapas. El sistema de gestión que yo conocía estaba su versión 4.1. Ya van por la 6 y es un universo completamente nuevo y con una filosofía diferente, que me obliga a aprenderlo todo desde el principio. Es un poco frustrante tener que estar leyendo manuales o trasteando la aplicación, mientras la peña trabaja en proyectos interesantes a tu alrededor.
miércoles 26 de septiembre de 2007
Primer día de curro
Al fin he estrenado nuevo trabajo. Me han endilgado la categoría de analista programador del área de desarrollo. La caña, teniendo además en cuenta que la empresa pertenece a IBM... No quiero decir qué categoría ni qué puesto ocupaba en mi anterior empresa, porque ahora me da hasta vergüenza. Por lo demás, un ambiente de trabajo cojonudo, también a años luz de lo que estaba acostumbrado.
Lo único malo: salí de mi casa a las siete de la mañana y ahora mismo acabo de volver. Estoy reventado.
lunes 24 de septiembre de 2007
¡Copias de seguridad!
Hoy me he llevado un pequeño disgusto. Estaba buscando unos apuntes para la novela que tengo entre manos, un archivo de Word de unas cuarenta páginas, donde desgranada la situación política y económica de una ciudad, cuáles eran las facciones implicadas, y una somera descripción de sus principales representantes. Es uno de tantos textos que escribí en los tiempos muertos que me obligaban a disfrutar en mi oficina. Normalmente, me envío estas cosas por correo o me las llevo en mi lector de MP3.
Pero resulta que lo he sobreescrito con un archivo antiguo (el mismo texto cuando sólo llevaba escrito medio folio...), y he estado comprobando el correo, el MP3 y anteriores copias de seguridad para constatar lo evidente: no tengo más copias.
No es una pérdida irreparable, así que salgo escarmentado de la experiencia. No importa cuantas copias de seguridad se hagan: nunca serán suficientes ni fiables. Hay que salvar siempre, por duplicado y comprobar que se haya hecho de manera correcta (tampoco sería la primera vez que pierdo originales, hecho mano del respaldo, y descubro que hubo un error de grabación o un defecto en el soporte...)
domingo 23 de septiembre de 2007
La realidad editorial (2)
Después de hundir la moral a cualquier aspirante a Best Seller que se dejase caer por el blog vía Google, la pregunta que nos queda por hacer es: ¿hay alguna alternativa o medio secreto para triunfar?
Si supiera responder a estas preguntas, estaría vendiendo libros como churros y pegándome por participar en algún programa de La 2, en vez soltar estas parrafadas. Pero, como decía ayer, se pueden deducir muchas cosas mediante la mera observación.
Por ejemplo, que las opciones de autopublicación son un camino cerrado, salvo que uno tenga la suficiente pasta para montar su propia editorial. Hace ya quince años, las imprentas me daban un presupuesto de quinientas pesetas por ejemplar, si imprimía por encima de los mil. Es decir, un total de quinientas mil pesetas, tres mil eurillos. Los medios de impresión han avanzado desde entonces (imagino), ahorrando costes, pero sigue siendo una opción muy cara. Al precio final, hay que sumar la inevitable inversión para promocionar la obra y distribuirla.
Hoy en día proliferan las editoriales online, que permiten "publicar" en formato PDF u ofrecen presupuestos ajustados para hacerlo en soporte tradicional. Pero vuelvo a hacer la misma pregunta que ayer: ¿cuántos de nosotros han comprado alguna vez uno de estos libros? Muchos serán malos, desde luego, pero los habrá buenos o incluso geniales. Si ellos no triunfan, tampoco lo haremos nosotros, por muy buenos que creamos ser. Este tipo de páginas, además, suelen contar con medios de promoción casi nulos. Ni siquiera son capaces de publicitar eficientemente su propia existencia, no hablemos ya de la obra de uno de sus autores. Para rematar, estamos intentando aflojar la cartera de los mismos lectores que, salvo raras excepciones, no se molestan en leer nuestros relatos ni aunque se los ofrezcamos gratis en un foro o una página personal...
Quizá, la única alternativa válida de este género, sea Lulu.com De hecho, cuando me anime a publicar, lo haré por esta vía. Tiene los mismos problemas que cualquier otra web dedicada a la autopublicación, pero también con un par de ventajas que la hacen interesante y la ponen muy por encima de su competencia. En primer lugar, el autor no necesita invertir un duro para publicar comercialmente en formato impreso, salvo el mínimo imprescindible para adquirir el ISBN. Los costes son asumidos por el propio cliente cuando adquiere un ejemplar. Lulu uliza medios de impresión digitales, que ahorran un buen montón de dinero y evitan el tener que imprimir un gran número de ejemplares para que no se dispare el precio final de cada uno. Pueden imprimir bajo pedido, y eso es precisamente lo que hacen. Cuando el cliente se interesa por un libro y lo compra, lo imprimen, lo encuadernan y se lo mandan. El precio final es el mismo que le cobrarían en cualquier librería por un ejemplar de similares características. Una media de diez euros, por ejemplo, para novelas de bolsillo en formato rústica. De esa manera, ni el editor arriesga ni el autor tampoco. Y a diferencia de las editoriales convencionales, la mayor parte de los beneficios van a parar al bolsillo del escritor.
Las ventajas de este sistema han sido reconocidas por medios como El País. Desde nuestro punto de vista, el de un escritor novel, no se pierde nada por hacer el intento. Si fracasamos, no habremos perdido un céntimo. Si logramos convencer a nuestra madre y algún que otro amigo, podrán comprar el libro sin problemas, con una calidad muy similar al de cualquier otro libro publicado (lo he comprobado). También nos abre alternativas nuevas, como la posibilidad de imprimirse unos cuantos ejemplares para promocionarlos directamente en alguna feria del libro, o usarlo como palanca para abrirse un hueco en las editoriales convencionales.
sábado 22 de septiembre de 2007
La realidad editorial
Es un tema del que ya he hablado en los foros que suelo frecuentar, pero me gustaría exponer aquí también. A saber: lo chungo que es publicar. No lo digo con demasiado conocimiento de causa. Nunca he envíado un manuscrito completo, y sólo me he presentado a un par de cértamenes a lo largo de toda mi carrera. Tres o cuatro cartas a agentes literarios y un par de entrevistas resumen toda mi experiencia editorial.
Pero es una simple cuestión de cifras, y el resto se puede deducir por la mera observación.
España no es Estados Unidos, esa es la más importante y dura lección que debe asumir el escritor novel. Un mercado más reducido significa menos oportunidades. Los editores no están dispuestos a asumir demasiados riesgos, y la competencia es abrumadora. Vayamos a cualquier librería, y eliminemos los autores extranjeros. Luego, los clásicos nacionales. Por último, el puñadito de best-sellers, léase Revertes y demás. Los pocos libros que se queden, es el diminuto hueco por el que debemos colarnos. Y he visto hojales de aguja más amplios...
Los editoriales son un negocio, no una ONG. Tampoco debemos perder de vista esa obviedad. Su función principal es la de vender un producto. Para asegurar ventas, incluyen en plantilla a autores consagrados, que ya han construído una "imagen de marca" (o se la modelan a medida mediante celebérrimos certámenes, como Planeta y demás) que hacen que sus libros desaparezcan de las estanterías prácticamente solos. De ahí el éxito de juntaletras vocacionales de todo pelaje, en muchas ocasiones, negro literario mediante, pero que gozan de un enorme tirón mediático. Para estas editoriales, arriesgar un sólo céntimo en un escritorzuelo novato es inconcebible.
¿Qué opciones le quedan al principiante? Pues las sobras. Editoriales de segunda fila que buscan su abrirse un nicho en el mercado, y deben reclutar su propia colección de talentos. Sin embargo, un negocio pequeño implica pocos medios. Normalmente, tiradas que van entre los mil y los diez mil ejemplares (recordemos que editoriales tan importantes como Minotauro, dentro el género fantàstico, prometen tiradas de entre cuatro y los veinte mil ejemplares al ganador de su certamen estrella...) ¿Qué significa eso? Pues teniendo en cuenta que el autor se suele llevar un 10% sobre el precio final de venta, suponiendo que una tirada de diez mil ejemplares se agote por completo (algo muy difícil, casi imposible tratándose de un novel), y suponiendo que cada uno se venda a 10 euros, los beneficios sumarían... unos diez mil eurillos, sin que Hacienda abra todavía la boca para morder su trozo.
Sin embargo, no olvidemos que ese sería el mejor de los casos. Hay que ser realistas. Los editoriales no tienen grandes medios de promoción. Lo que significa que no sólo tendremos que conformarnos con tiradas reducidas, sino también con una publicidad casi nula (¿cuántos de vosotros habeís comprado un ejemplar impreso o en PDF en páginas literarias dedicadas a la promoción de autores noveles? No, no valen las obras de amigos ni familiares. Pues eso...) Es muy probable que una porción más o menos amplia de ejemplares termine criando polvo en algún almacén. Y ese tipo de fracasos, para un principiante, se convierte en definitivo.
Recopilemos. Encontrar a un editor es una misión casi imposible. Pero si debido a alguna providencial alineación de planetas lo conseguimos, es probable que obtengamos unos beneficios ridículos, o nos llevemos un palo tan grande que no podamos levantar de nuevo la cabeza. Así de crudo.
La otra opción son los certámenes literarios. La novelista Laura Gallego puede dar fe, y es el mejor ejemplo de autor nacional que ha conseguido triunfar utilizando esta vía. Personalmente, no me gusta demasiado. Estos concursos no son un acto de beneficencia. Tengamos esto claro. No se trata de cazar a un buen escritor y lanzarlo al éxito. Si eso ocurre, cojonudo, pero la idea central es vender ejemplares. Eso significa que se tiende a premiar fórmulas que ya han funcionado antes, o están de moda en ese momento, aunque la temática del concurso sea supuestamente libre. Si se impone la literatura femenina, no tes vas a comer un rosco si tu seudónimo es Manolo Guerrero (por decir algo). Si están de moda los Dan Brown y las tramas esotéricas, mal camino llevas si presentas una historia romántica donde no sale un monje ni una sola conspiración. Etcétera. Y hay géneros que nunca han estado de moda ni lo estarán jamás en este país, como el terror o la ciencia ficción, fuera del puñadito de editoriales especializadas en ese campo.
A eso hay que sumar que los certámenes suelen imponer determinadas condiciones en cuanto a temática, extensión y demás, lo que muchas veces, nos impide presentar ese manuscrito tan estupendo en el que llevamos trabajando desde hace meses.
Resumiendo, presentarse a un certamen significa escribir una obra especialmente concebida para ello. Y eso, no es nada sencillo.
Esto es lo que hay, amigos. Podemos ignorar los datos, tacharme de andaluz exagerador, o pensar que no nos afectan, porque somos unos putos genios y nuestro destino es hacernos ricos y famosos. Pero nada de eso afectará a las reglas del juego. Las tendremos que asumir, por las buenas o por las malas.
De hecho, creo que ahí está el primer filtro, que determina quien puede convertirse en un escritor y quien no lo será jamás. Si después de saber todo esto, se continúa escribiendo, porque el objetivo es divertirse o cultivarse narrando una historia, se está por el buen camino.
viernes 21 de septiembre de 2007
Terror
Los niños suelen tener algún tipo de talento, que a veces olvidan cuando el tiempo los estropea, y los padres tratan de cultivar a todo costa, con ánimo de lucirse cuando hay visita. Ya saben. Aquello de tocar algún instrumento, ya sea el violín o la flauta dulce, no siempre con el debido genio o entusiasmo. Abusar del cante o del baile, algo muy de moda desde que tenemos una tele hambrienta de fenómenos en miniatura. Una habilidad innata para el cálculo o las complejidades de negras y blancas sobre un tablero. Etcétera.
Mi especialidad eran las historias. Sobre todo, las de terror. No es una virtud que reporte grandes beneficios a edades párvulas, cierto es. Al niño canijo y cabezón, con la mirada hundida en un par de ojeras tempranas, no le empuja la madre entre sorbo y sorbo de té delante de la tía Rosa Mari, diciéndole: "Cuéntale una de esas horribles historias que se te dan también, venga", sobre todo, si la venerable Rosa Mari anda un poco pachucha, y la puede derrotar una subida de azúcar o una bajada de tensión. Es algo que se sufre en silencio, como la almorranas, y de lo que raramente se presume, fuera del ambiente adecuado.
Pero si el escenario era propicio, podía desencadenar lo mejor (o lo peor, según el sistema de referencia utilizado) de mi naturaleza. Provocar el miedo en tus semejantes con una historia es como asaltar una fortaleza. Desde los adarves, los centinelas se ríen de las fuerzas congregadas para atacarlos y se pavonean para subir la propia moral y estropear la ajena. Hay que demostrarles que el ataque va en serio. Se cuida el tono de voz, los tiempos verbales, los distintos colores y texturas. Una táctica simple es emplear la primera persona, o referir acontecimientos que se han escuchado contar a alguien de confíanza. Los muros de la razón son fuertes, pero no indestructibles, y pueden jugar en prejuicio de los defensores si se acaba el alimento o el enemigo usa sabiamente la artillería. El raciocinio es muy sensible a los detalles, y los engulle con voracidad. Pequeños caballos de Troya destinados a reventar la fortaleza desde sus entrañas. Hay que apoyarse en datos reales y conocidos por la audiencia. Envilecer noticias de los periódicos, rumores, entremezclar la verdad y la mentira en una entidad indivisible. A partir de ahí, la incredulidad del oyente queda en suspenso, y el camino al horror se abre en toda su magnitud.
Tanto éxito tenía como narrador, de hecho, que los padres de mis amiguitos solían venirse a mi casa para quejarse, y prohibían a sus vástagos futuras junteras. No es agradable despertarse por la noche porque tu hijo grita como si lo estuvieran degollando, o tener que cambiar sábanas meadas al día siguiente. Nadie me había enseñado a hacerlo, salvo el pozo de mi propio instinto, donde todos somos homínidos recolectores perpetuamente acechados por los depredadores.
Sin embargo, es un género que he tocado muy poco en mi edad adulta. Los temores del hombre son pocos y constantes, y las ideas se repiten hasta el abuso. Es muy difícil concebir algo fresco, un horror de vanguardia que asuste y sorprenda.
jueves 20 de septiembre de 2007
Poesía (2)
Yo suelo comparar el arte de escribir con el de la pintura. Es muy difícil establecer una pautas concretas y universales, porque cada autor tiene su propio estilo, y puede hacer del exceso o del defecto una virtud. Poco tienen que ver un Goya con un Picasso. Pero sí hay ciertas reglas básicas en la administración del color, en el uso de la textura o en la distribución de las formas. Con la literatura y la poesía, ocurre lo mismo. Lo que para algunos novatos es un vicio, algunos autores saben convertirlo en una virtud. Por ejemplo, Lovecraft sobrecarga sus prosa con un gran número de adjetivos rimbombantes, que contribuyen a la atmósfera de sus historias. O un lenguaje que consideraríamos pretencioso y rebuscado, es la virtud de grandes escritores tanto clásicos como contemporáneos.
Respecto a la poesía, olvidamos con frecuencia una característica básica. Que sea un producto de consumo de la intelectualidad, es un fenómeno reciente. La poesía solía ser una expresión del pueblo llano, con compositores a veces tan analfabetos como su audiencia. De ahí su sencillez y su pureza. La necesidad de comunicar el mensaje, ya sean las andanzas de un mercenario o los sentimientos que inspira una determinada muchacha, es tan imperiosa y esencial como la de adornar el verso. Una cosa no se entiende sin la otra. El arte como expresión incalcanzable y no siempre comprensible, como barrera de paso entre una élite cultural y la gran masa es, repito, una novedad en términos históricos.
El arte se puede adoptar como pose, desde luego, y cumbre de una pretendida superioridad, aunque no sea una actitud que me merezca respeto. El verdadero escritor pretende contarnos algo. Ese es su objetivo.
Poesía
Una de las cosas más tristes y ofensivas que he leído en un foro, es que la poesía no es un arte. No le ven la gracia a eso de rimar un par de versos, quizá porque cualquiera puede grabarlos en la puerta de alguna letrina, o sea cosa de carpetas adolescentes, inmediatamente debajo de un recorte de Bisbal. Mariconadas, Lorca en cabeza, del que tampoco se salvan un Quevedo, un Blake, un venerable Homero o todo el Mester de Juglaría, cada uno en su estilo y época. Defienden esta tesis los mismos que toman la Wikipedia por infalible oráculo, gustan de gafas de pasta, postulan que la originalidad en la música murió en una determinado década, y producen una voluminosa cantidad de mensajes para dejar constancia de su sabiduría en los foros de Internet. Cada uno de ellos se define por lo que consume y, por lo tanto, son de apetito voraz, siempre y cuando el menú no incluya la pantalla de televisión, a la que presumen no ver. Quiten o añadan características a este perfil para ajustarlo a un determinado individuo, pero las líneas maestras son siempre las mismas.
A lo que voy. La poesía no sólo un arte. Para el escritor novel, es un alimento básico, aunque no pretenda parir un sólo verso. Porque la poesía enseña una lección fundamental, que es la de usar el lenguaje con precisión, sencillez y elegancia. Muestra todo tipos de recursos, como la aliteración o la métafora, que son las herramientas necesarias para convertir una mera redacción en un texto literario.
Algunos ejemplos. El de una anáfora:
Salid fuera sin duelo,
salid sin duelo, lágrimas corriendo
(Garcilaso de la Vega)
El mar. La mar.
El mar. Sólo la mar. (Alberti)
Hipérbole:
Yace, en esta losa dura,
una mujer tan delgada
que en la vaina de una espada
se trajo a la sepultura
(Baltasar de Alcázar)
Prosopopeya:
oh prados y verduras,
de flores esmaltado,
decid si por vosotros ha pasado
(San Juan de Cruz)
Perífrasis:
tocando el tambor del llano.
(Lorca)
En ninguno de esos ejemplos, se rebusca el vocabulario, como gustamos de hacer los principiantes -miedo nos da decir "Lo que pasa en la calle", y preferimos recurrir a aquello de "los actos consuetudinarios que acontecen en la rúa". La belleza se busca y se encuentra en el lenguaje más sencillo, sabiamente manejado.
martes 18 de septiembre de 2007
Despedida y cierre
Del curro, aclaro, para no preocupar a los tres gatos que siguen este blog. En teoría, mi relación con la empresa terminaba mañana, pero he decidido abreviar. Al fin y al cabo, no me quedaba nada por hacer, salvo constatar lo nerviosos que andan. Aunque no parecían tan preocupados, les remarqué, cuando me negaron el ascenso hace un par de meses. De todas maneras, volveré para ayudarles. Por supuesto que sí. Enviado por mi nueva empresa y después de pasarles el oportuno presupuesto.
Hoy querían que completara el día "escaneando algo", pero les he propuesto que me descuenten la jornada de mi liquidación. Ya no estoy de humor para hacer el gilipollas a estas alturas de la fiesta.
Tengo el resto del día libre. Aprovecharé para escribir un poco.
lunes 17 de septiembre de 2007
¿Y qué escribes?
Esta es una de esas preguntas inevitables, junto a aquella de "¿Has publicado?", y todavía no soy capaz de ofrecer una respuesta adecuada.
Fantasía medieval podría ser una, pero no es exacta. Si bien la mayor parte de mis novelas se desarrollan en otros mundos, poco tienen que ver con Tolkien o con esas partidas de rol noveladas que dominan el género. Recreo sociedades y ecologías realistas que, además de satisfacer un ánimo constructivo, pueden servir de espejo para nuestra propia realidad. Tampoco cumplo otro de los requisitos del género, que es orientar mis textos a un público juvenil.
Ciencia Ficción podría acercarse un poco más a la verdad, si bien todas las referencias a la tecnología suelen esconderse. Mi formación científica tampoco me permite aportar ideas frescas al género, más allá de reciclar los clichés asociados al space ópera, donde todas las complicaciones y paradojas se pasan por alto. Las sociedades que yo invento sospechan que su origen se encuentar en algún lugar entre las estrellas, y guardan una rica herencia mitológica donde se insinúa su relación con otras civilizaciones, que han constituído su base religiosa. Pero ahí terminan las referencias al género.
Novela histórica podría ser el género más aproximado a mi estilo, si obviamos el hecho de mis narraciones afectan a escenarios y personajes imaginarios. Al fin y al cabo, mi principal fuente de inspiración son Herodoto, La guerra de las Galias o incluso mis propia experiencia en zonas de conflicto. Me interesa conocer en profundidad la génesis de la civilización, con todos su bagaje científico, artístico y religioso, y la terrible constante de la guerra, en todas sus variantes y con toda su crudeza.
Para abreviar, cuando me preguntan qué coño escribo, suelo responder con un simple "Novelas de ficción", y nos evitamos esta parrafada.
jueves 13 de septiembre de 2007
Cansado
Me siento muy cansado. Ayer le estuve dando cera a un capítulo especialmente interesante hasta las tres de la mañana. El protagonista nos describe a su madre en los siguientes términos:
Quise atrapar su imagen. Una niña cuando me tuvo, de apenas quince años, y niña todavía, aunque fuera alta y resistente. Bucles negros sobre su hombro, demasiado largos y brillantes para resistir el impulso de tocarlos, que yo mismo le ayudaba a domesticar todas las mañanas, sin que ella midiese la intensidad de su hechizo. Los ojos estrechos de su gente, que yo no había heredado, oscuros, estirados, viejos en la juventud y un poco doloridos por la experiencia. Mi madre nunca necesitó gritarme, ni en los más traviesos años de mi infancia. Sólo necesitaba esa mirada suya, de gata grande y peligrosa, para someterme a su voluntad. Esa tarde, llevaba una de mis camisas, apenas abotonada sobre unos pechos libres de sostén, y una falda larga que descubría una sus piernas hasta la ingle.
Pude imaginar la escena con precisión. Ella
se encogía sobre el escritorio -una vieja puerta clavada a un par de caballetes -, con la punta de la lengua asomada entre los dientes, como el párvulo esforzado en mejorar su caligrafía. La estilográfica se le había atascado en el ombligo de un verso, y contaba sílabas con los dedos de la mano izquierda. No me escuchó, porque el papel ataba todos sus sentidos.
Podía espiarla, oculto en la piel de su hijo adolescente, bordeando el límite de lo prohibido, sintiéndome sucio y excitado, rechazado y atraído. En resumen: hundido en mi propio univero hasta las corvas. No era una situación que pudiera desaprovechar, aunque tuviera que madrugar al día siguiente. Y me temo que esta noche tampoco dormiré mucho...
...Hablando de trabajo, comentar que ya estoy ganándome medallas para el futuro. En su día, me contrataron para administrar un sistema de gestión. Ese sistema lo proporciona, precisamente, la empresa que me acaba de fichar. Al hacerlo, mi nueva jefa se arriesgaba a perder un cliente. Mucha pasta anual en concepto de soporte y actualizaciones. Sin embargo, estoy haciendo las tareas oportunas para asegurarme que los conservaremos al menos un año más. Ayer mismo terminé de implementar el sistema en una de las filiales que aún estaba en la lista de pendientes, y estoy elaborando manuales (guiaburros) para que puedan seguir gestionándolo sin mi ayuda. Por supuesto, esos manuales nada dicen de la parte realmente complicada (y cara), la misma que ellos no han sabido valorar porque había un tonto con categoría de auxiliar administrativo haciéndoselo todo por mil y pico euros al mes.Los ingenuos creen que les estoy haciendo un favor, sin darse cuenta de que están agarrados por las pelotas. El sistema gestiona el mantenimiento, y es clave para mantener el nivel de producción. No pueden renunciar a él tan fácilmente. Pero seguirán necesitando las modificaciones e informes que hasta hora les hacía gratis.
En definitiva, entre curro y novela, ando pelín echo polvo. Ayer por la tarde, pa redondear, estuve una hora dándole a la bicicleta y otra más con las mancuernas. Hoy, sencillamente, no he podido. Me he tirado delante de la tele a ver episodios de 24, y apenas he hecho un alto para escribir todo esto.
miércoles 12 de septiembre de 2007
El bloqueo del escritor
Durante una década, estuve atascado en la primera página de una novela. Preparaba café, cogía el folio en blanco, hacía rodar el rodillo, tecleaba la primera línea y eso era todo. La llegada del procesador de texto no mejoró la situación. El cursor parpadeaba asustado en una inmensidad tan blanca y vacía como la Antárdida.
No era por falta de ideas. Tenía perfectamente clara la historia, y no dejaba de rumiarla todos los días para enriquecerla y pulir aristas. Tampoco por una repentina pérdida de talento. El resto de mi producción (cartas, redacciones sueltas, cuentos cortos) conservaba el mismo nivel de calidad. Pero no podía escribir. Así de simple. Añadir una sola palabra era un esfuerzo tan doloroso como mutilarse un trozo de carne. Si llegaba a completar el primer párrafo, me sentía agotado y enfermo. Es más, me repugnaba el resultado. Era horrible y forzado, como un aborto. Me veía obligado a arrancar el folio o vaciar la pantalla del Word, y volver a empezar.
Imaginen repetir el mismo proceso durante algo más de diez años. Como respirar y no encontrar aire. Es algo que tienes que hacer para vivir, aunque algo te lo impida. Lo intentas, alargas la agonía, te consumes segundo a segundo con la turbia esperanza de recuperar el soplo. Pero no llega.
Sin embargo, la solución era tan obvia y simple, que hoy me siento ridículo comentando todo esto. En la literatura no sólo interviene la razón. De poco sirve diseñar buenos guiones, construir personajes o escenarios y seguir a rajatabla el manual del buen escritor que te endilgaran en cualquier taller de escritura. La literatura necesita del instinto, y esa es la fuerza que decide si podemos o podemos contar una buena historia.
No hay que imitar mi ejemplo adolescente. Yo tenía planeado un primer capítulo cojonudo. En teoría, iba a funcionar muy bien. Pero el instinto, esa sutil fuerza creativa, me indicaba otra cosa.
Tenemos que aprender a escuchar a nuestra musa. Si nos bloqueamos en algún momento del texto, tal vez deberíamos replantearnos nuestras ideas iniciales. Dejarnos llevar por otros caminos, aunque eso estropee la línea argumental o nos lleve a un desenlace imprevisto. Es muy probable que en nuestros primeros intentos, obtengamos resultados pobres, que sólo merezcan el cajón. Lo importante es seguir escribiendo, no importa el qué. También las musas andan necesitadas de entrenamiento, y a medida que endurecen los músculos, nos dictan consejos más acertados.
El bloqueo del escritor no existe. Es una mera encrucijada, en la que no debemos detenernos. Escojamos cualquier alternativa, aunque no haya senderos claros, y sigamos caminando.
martes 11 de septiembre de 2007
Inicios
Con cuatro o cinco años, me obsesionaba la idea de la Puerta. No sé muy bien qué sembró en mí esa inquietud. Quizá estuviera ahí, como el color de mi pelo o mi alergia a la aspirina; algo determinado desde el momento en que papá lo echó su semillita a mamá. La Puerta podía estar en cualquier parte y adoptar cualquier forma. Desde fuera, nadie notaría la diferencia. Tal vez la del cuarto del baño. El pequeño Juan necesita hacer pis, y tira del pomo con ganas de mojar cerámica. O la del portal, sucia de pintadas tan obscenas como misteriosas, entrada a un mundo todavía incomprensible. O quizá una trampilla, descubierta por casualidad en los descampados, tapada por la tierra y algunas pelotitas de estiercol. En todos los casos, la Puerta me franquearía la entrada a otro mundo. No necesariamente mejor ni menos terrorífico, pero atado a otras leyes y principios.
Pero no podía encontrarla. Me faltaban años, y algún que otro barato libro de psicología, para entender la naturaleza de esa necesidad. Me conformaba con esperar e imaginarme las aventuras que me aguardaban al otro lado.
Fue así como empecé a escribir. Por mera frustración. Ya sospechaba que el objeto de mi búsqueda nunca estuvo fuera. Porque mi primera novela relata las andanzas de un aventurero en las entrañas del mundo. Profundiza debajo de la superficie, y aunque no encuentra el tesoro, la experiencia lo ha transformado. Se ha hecho más fuerte y más sabio.
Hoy en día, mi empeño literario tiene el mismo propósito. Es la cuerda que me permite descender más hondo. Cada vez más hondo.
lunes 10 de septiembre de 2007
¡Adios!
Esta mañana me sentía como los tripulantes del Enola Gay poco antes de sobrevolar Hiroshima. He llamado a personal para ultimar los detalles de mi renuncia y luego he soltado mi Little Boy. Que me piro, jefe. Ahí te quedas.
Acabo de comunicárselo a mi nueva jefa. Más allá de las promesas salariales o de promoción, hay personas que inspiran confianza, y ella lo hace. Es espontánea, inteligente, y se muestra casi más ilusionada que yo por llegada. Muy diferente de la perpetua cara de póker que dejo atrás.
Me esperan un buen montón de horas extras, viajes y esfuerzo. Pero creo que va a merecer la pena.
Sueños
Soy uno de esos tipos que sueñan todas las noches. Rara vez me inspiran una historia. Son como esos cuentos de campamento que parecen estupendos cuando tu audiencia y tú estaís de alcohol y hachís hasta las cejas, pero que a la luz del día se vuelven totalmente ridículos. Su fuerza está en la intensidad emocional que empuja sus imágenes. Cuando ese componente se va perdiendo a lo largo de la mañana, sólo queda un cascarón vacío.
Escribo todo esto, porque aún estoy manoseando el ruido de mi cráneo al romperse. Me explico. Hay algún tipo de guerra. La ciudad está conquistada por los cádaveres y los cascotes, y lucho con armas lígeras contra carros de combate de alta tecnología. Soy algún tipo de líder. Me aclaman. Gracias a mí, el enemigo está retrocediendo. Pero algo pasa. La radiación, quizá, está dividiendo a los hombres en dos especies muy distintas. La una, intocada y pura. La otra, irremediablemente estropeada. Y a mí me toca caer en el segundo bando. Empiezan los conflictos y las purgas. Las posiciones se radicalizan, y a medida que voy logrando victorias, se clama por nuestro exterminio. Después de una desesperada lucha final, soy apresado. Me hacer subir a un antiguo depósito de agua, para deleite del público, y me empujan al vacío. Siento el vértigo de la caída, la incertidumbre de la espera, y el violento crujido final, seguido de un par de segundos de pura agonía.
¿Podría escribir un buena historia a partir de esto? A medida que crece el sol, voy dudándolo.
domingo 9 de septiembre de 2007
Revisión
Cada vez que publico una nueva entrada en el blog, debo releerla cuidadosamente. Siempre meto el dedo en la tecla que no debo o cuelo una palabra incorrecta. Pero como soy bastante despistado, hay errores que persisten después de la revisión. En la entrada de ayer, escribí por ejemplo: "sea de viva voz a mediante" en vez de "sea de viva voz o mediante".
Si, con perdón, la cago en un texto de medio folio, no me quiero imaginar la cantidad de porquería acumulada en el manuscrito de una novela.
En un texto literario, para colmo, hay errores más abstractos que los tipográficos, repetir un adjetivo en el mismo párrafo, colar una rima molesta o, sencillamente, pasarse a la Real Academia por el arco del triunfo. Por ejemplo, quedarse corto en una determinada descripción o pecar por exceso.
Este tipo de cosas rara vez se detectan en el primer golpe de vista. El cerebro tiende a completar la información que le falta y a obviar la que le sobra. Por eso es muy difícil darse cuenta que nos hemos comido un artículo, nos sobra un adjetivo o hemos alterado el orden de dos letras en una palabras (al menos, eso quiero creer. La otra opción es admitir lo obvio; que soy un despistado). Así mismo, cuando acabamos de parir a la criatura, tenemos más presente lo que queríamos engendrar, que la criatura que acunamos entre los brazos. En buen cristiano, lo que nos parece cojonudo, quizá no lo sea tanto si dejamos de mirarlo con ojos de madre.
Por estas razones, cuando termino un texto, hago un par de copias de seguridad, las compruebo, y borro todos los archivos del disco duro. Y me olvido de él durante un tiempo. Preparo otros proyectos o me dedico a otras actividades. Cualquier cosa menos pensar en lo que acabo de escribir. No se puede obtener un buen vino si bajas todos los días a la bodega y descorchas las botellas para olfatear su contenido.
Pasado el plazo oportuno, que pueden ser unas pocas semanas o varios meses, llega el momento de revisar. Como comenté otro día, suelo hacerlo en formato electrónico. Eso refuerza la finalidad de esta cuarentena, que es renunciar al papel de creador para acercarse a la visión del lector.
sábado 8 de septiembre de 2007
Precipitarse
Nunca se lo he preguntado a otros escritores, ya sea de viva voz a mediante sus confesiones impresas. Pero me gustaría saber si sienten lo mismo cuando se ponen a escribir. Si caen en el texto, se enredan en la letra, y hacen suyas las emociones que están hilvanando.
A mí me pasa. Los sentimientos fluyen con una intensidad demoledora, y a veces debo sustraerme de la tarea para no reír o llorar en voz alta. No importa que los personajes sean imaginarios, y actúen en tierras distantes que tal vez no existan. Hay una magia en la palabra, que puede convertir en real todo lo que toca. Lo de fuera ya no existe. Mientras escribo, mis dimensiones están en el folio en blanco, y no conozco otro universo.
Un escritor debe ser, entre otras cosas, un buen actor. Hacer suyos los personajes, y sentir lo que ellos sienten, aún al precio de emular sus acciones dentro de los límites que marque el sentido común. Si mi personaje es un guerrero, necesito sopesar una espada, y sentir como el cuero maltrata mis dedos de oficinista. Escuchar el silbido del hierro cuando muerde para matar.
Sé que una escena dramática ha quedado bien redactada, por ejemplo, cuando me siento tan triste y enfermo que ya no puedo seguir al teclado. Es una turbadora variante de posesión. El protagonista me ha hecho suyo, haciéndome partícipe de su sufrimiento.
No me interesa conocer si mis textos son geniales o una completa porquería. Lo que quiero es que sean auténticos. Si mi lector puede captar ese latido, me doy satisfecho.
viernes 7 de septiembre de 2007
Cambio radical
No todo es literatura. También hay que trabajar, digo yo. En mi caso, soy el administrador de un sistema de gestión. Un curro que es muy divertido al principio, cuando hay que adaptar las aplicaciones a las necesidades de los distintos departamentos, programar los informes que vayan a utilizar, o formar a los usuarios. Pero a partir de ahí, las ocho horas de oficina se convierten en un puro tedio. Mis jefes yo no sabían qué tareas asignarme para tenerme entretenido. Mi última tarea fue escanear unos quinientos manuales técnicos (¿se imaginan pasarse meses metiendo esquemas en un escáner?) Ahora mismo, estaba elaborando un catálogo fotográfico de todos los repuestos de almacén. Unos tres mil.
Las posibilidades de promoción o los cursos con cargo a la empresa, que me prometieron al principio, se quedaron por el camino. Nos ha jodido. Si tienes un tío haciendo todo lo que le pides por una miseria al mes, no le subes el sueldo (aunque se queje). Tensas la correa todo lo que puedas.
Aguantaba por dos razones. Me pillaba a cinco minutos de mi casa, y era un trabajo que me dejaba muchísimo tiempo libre para escribir o leer. No hay mal que por bien no venga.
Pero hace una semana, la empresa responsable del soporte técnico de mi programa gestión, me propuso una entrevista de trabajo. Me hice querer un poco, hasta este mediodía, y he vuelto a casa con un papel donde se comprometen a ofrecerme un sueldo que supera con creces al actual, y convertirme en jefe de proyecto. Además de un buen montón de prebendas, como la posibilidad de financiarme algún que otro máster. Me quieren allí cuanto antes, este mismo lunes si es posible.
Hay ofertas que se pueden rechazar, y esta es una. Sobre todo, si la respuesta que te da la directora, cuando le comenté que podía perder a mi empresa como cliente, fue: "La verdad, es que nos compensaría tenerte a tí."
Me gustaría llevar una cámara oculta para grabar la reacción de mi jefe cuando le diga que me marcho. O cuando vuelva, dentro de un tiempo, para darle soporte técnico, factura mediante.
miércoles 5 de septiembre de 2007
España, ese país.
En este país, hay géneros que sólo funcionan de importación. Si Stephen King se llamara Esteban Rey y viviera en Móstoles, ahora mismo estaría muriéndose de asco en una instituto de educación secundaria. Es lo que tiene este sanchopancero trozo de mundo.
Una vez, hice una prueba. Mandé una recopilación de relatos a una lista de distribución de E-Books. No se molestaron ni en colgarla en sus páginas webs. Volví a mandar el lote, y en esta ocasión, no sólo lo pusieron a compartir, sino que surgieron bastantes lectores preguntándose quien era ese escritor "tan interesante".
¿Y sabeís cuál era la diferencia entre una recopilación y la otra? Pues que en la primera firmaba con mi nombre, Juan J. Fermín. Mientras que en la segunda, lo hacía con un seudónimo anglosajón...
Cuando un españolito cualquiera descubre que Juan José Benítez encabeza la lista de autores de Ciencia Ficción patrios o paga nueve euros por tragarse alguna de nuestras películas, eso es lo que pasa. Que a los paisanos mejor no verlos ni en pintura. Nos ha jodido.
martes 4 de septiembre de 2007
Visión de conjunto
En mi trabajo, donde ejerzo de prostituta de oficina, suelo disfrutar de muchos tiempos muertos. Los aproveché para acostumbrarme a los libros en formato electrónico. Más tarde, cuando compré mi primera videoconsola portátil, apta para cargar texto, mantuve ese hábito. Nada es comparable a un buen libro de bolsillo, a los que maltrato con sadismo, pero una cosa no tiene porqué excluir a la otra.
Desde entonces, adquirí también una rara afición. Convierto mis textos en formato electrónico, y los reviso en la pantalla de la videoconsola. Es bastante curioso como el cambio produce un cambio de perspectiva radical. Como autor, soy mi crítico más feroz, un revisionista obsesivo que debe hacer un supremo esfuerzo de voluntad para dar por terminado un manuscrito, so pena de reescribirlo una y otra vez, sin alcanzar jamás la perfección a la que aspiro. En la pantalla del Word, en mi vieja Arial de tamaño 10 mecanografiada a doble espacio, todos los defectos sobresalen como cordilleras montañosas. Pero en la pequeña pantalla, donde suelo devorar las obras de otros, mis textos adquieren otra textura. Allí, me son completamente ajenos, y puedo juzgarlos en un contexto más aproximado al de cualquier lector.
Si hay algo difícil de aprender en este oficio, y que requiere muchos años de entrenamiento, es tener una visión global de una determinada obra. La tarea del escritor es una sucesión de pequeñas etapas. Plantear el guión previo, exponer la línea a seguir en cada capítulo, abordar cada uno de ellos, fabricar cada fragmento, párrafo a párrafo, hasta detenerse en la partícula más elemental, que es la palabra, escogiendo la más adecuada. Es sencillo perder la perspectiva sobre todo el conjunto, incluso cuando se intenta repasar el manuscrito, porque estamos prestos a limpiar cualquier mancha, y al final nos atascamos en los detalles.
En un lector de Ebooks no hay posibilidad de enmienda. Debemos dejar que el texto nos seduzca o nos rechace, y disfrutarlo de principio a fin, como haría cualquier otro lector. Es entonces cuando realmente se aprecia el ritmo, la cadencia, las transiciones, el equilibrio entre los elementos narrativos, descriptivos y el diálogo. Si, en resumen, la historia funciona o no lo hace.
Escribo esta entrada después de haber leído la primera parte de mi última novela. Después de apagar mi pequeña consola, me dije: "Bien, joder. Muy bien." Si hay alguna moneda de pago valiosa en este mundillo, es esa. Que tu peor crítico, ese que llevas dentro, te otorgue su aprobación.
domingo 2 de septiembre de 2007
El buen embustero
En un foro me han recordado un relato que escribí hace ya cuatro años. Causó muy buen impresión en su día, y es agradable ver cómo la gente sigue comentándolo después de tanto tiempo.
Como siempre, la idea se construyó a partir de un hecho real (una visita a un cementerio de Bosnia, cuando formaba parte de las fueras de la OTAN), redecorado con material de mi propia cosecha. Si alguna capacidad tengo, es la de entrejer verdad y mentira en una mezcla tan homógenea que ni yo mismo puedo distinguirlas.
¿Es acaso una virtud? Si no obtuviera de ella algo productivo y lo mantuviera en ese marco, el de ficción literaria, la respuesta sería no. No te puedes fiar de un tipo que utiliza el embuste con esa naturalidad. Pero la letra dignifica el engaño. Si el público lee un relato de terror o fantasía, necesita mentiras creíbles. Y eso es algo que les puedo ofrecer.
