lunes 31 de diciembre de 2007

Proceso de documentación

Un buen relato se escribe mucho antes de sentarse delante del procesador de texto. Raramente se obtiene algo comestible sin tener muy claro a dónde queremos llegar ni por qué caminos. En el mejor de los casos, se caerán en encrucijadas imposibles de resolver. Por lo tanto, es necesario construir una base sólida, en la que podamos apoyarnos.

Esa fase previa puede ser más o menos exhaustiva, dependiendo de la entidad de nuestro relato. No es lo mismo parir un cuento de tres páginas que una novela de trescientas. Sin embargo, soy de la opinión que cualquier exceso en este sentido es positivo. Ese trabajo puede servir de referencia para textos futuros o puede dar ayudarnos a dotar de mayor entidad al que pretendemos escribir. Quizá la idea que pensábamos utilizar en un relato corto, tenga la solvencia suficiente para convertirse en un libro.

Uno de los primeros aspectos a desarrollar es el escenario. Es obvio que debemos conocer las localizaciones que luego intentaremos describir a nuestros lectores (un paso que se saltan incluso lo más ilustres Best Seller, sobre todo si les toca hablar de nuestro país...) Lo ideal es poder visitar esos lugares personalmente, con el libro de apuntes en la mano, pero también son válidas las fotografías o las descripciones realizadas por otros. No sólo debemos documentar el aspecto de esas localizaciones, sino también su historia. Un círculo de ladrillos desmoronados no nos dice nada, pero la cosa cambia si sabemos que son los restos milenarios de alguna civilización.

Pero no debemos limitarnos a amontonar la información. Debemos escribir nuestros propios apuntes, donde intentaremos hacer una descripción preliminar de esos escenarios y las sensaciones que nos sugieren. Ese material será muy útil en el futuro, cuando finalmente nos sentemos a desarrollar nuestro relato.

Si estamos escribiendo un relato fantástico, tal vez podamos pensar que lo tenemos más fácil, ya que tenemos plena libertad para inventarnos lo que nos apetezca. Pero no es cierto. En realidad, necesitaremos hacer un doble esfuerzo. Si por ejemplo digo "pirámide", "motel de carretera" o "Museo del Prado", todos sabemos de que estoy hablando. Pero no ocurre lo mismo con lugares imaginarios. Tenemos que transmitir al lector no sólo una mera descripción física, sino también su significado o trascendencia. Algo que es muy difícil si nosotros mismos no tenemos muy claro de qué estamos hablando. Para aportar un retrato convincente, deberemos construir nosotros mismos toda la documentación. Apoyarse en imágenes o historias de escenarios reales y, si fuera preciso, hacer nuestros propios dibujos o planos. Un ejemplo clásico de escenario fantástico bien construído es la Tierra Media de Tolkien. Evidentemente, no podemos dedicar toda nuestra vida a documentar un sólo escenario, pero podemos utilizar ese ejemplo como modelo.

El paisaje humano también debe ser documentado. Un escenario como el de la Inglaterra victoriana, por ejemplo, no se entiende fuera del contexto de su puritanismo religioso y su política colonial. Habrá muchos aspectos que podremos ignorar o sobre los que pasaremos de puntilla, evidentemente, pero en general debemos documentar el marco político, el religioso y el social, porque esas serán las fuerzas que condicionarán o estimularán nuestra trama y nuestros personajes. Un ejemplo excelente lo aporta Umberto Eco en su novela El nombre de la rosa. El oscurantismo religioso o el contraste entre las preocupaciones y el estilo de vida monacal y el del pueblo llano, resultan tan interesantes o más que la trama detectivesca que emprenden sus protagonistas.

El tercer asunto a tratar son los personajes. Una vez situados en su contexto físico y humano, hay que dotarles de su propia historia. Como en la vida misma, su carácter y lo que hacen o dejan de hacer, se apoya en una biografía previa. Para novelas de cierta identidad, yo suelo abrir un archivo para cada personaje relevante, donde consigno sus datos personales (nombre, edad, características físicas, parientes...) y sus atributos psicológicos. También desarrollo una biografía de su vida, más o menos extensa, prestando atención a los incidentes o anécdotas que luego puedan ilustrar algún comportamiento concreto en el desarrollo de la trama.

Las motivaciones de los distintos personajes, así como la relaciones que mantienen los unos con los otros, también deben incluirse en el lote. Esto tiene especial relieve a la hora de crear antagonistas creibles. Por lo general, descuidamos al malo de la película, más allá de su tendencia a entorpecer las acciones de nuestro héroe. En la vida real, lo que hace peligroso y temible a un Hitler o a un Stalin no es tanto su ansia de dominar y destruir, sino el apoyarse en una compleja red de medias verdades, intereses ajenos y elementos circunstanciales para ganarse la fidelidad de países enteros. En otras ocasiones, el atractivo puede estar en la ambigüedad. Un antagonista quizá lo sea sólo porque ese el punto de vista escogido por el narrador, y sostenga motivaciones tan legítimas (o turbias) como las del bando contrario. Esto es especialmente cierto en la narrativa histórica, donde un mismo ejército puede ser descrito como una horda de bárbaros salvajes (si los protas son romanos, por ejemplo) o como heroicos defensores de la libertad (si quien dirige la peli es Mel Gibson)...

Todo ese material se puede resumir en apenas medio folio si tenemos por delante un relato corto, o los varios centenares si proyectamos algo más denso. En cualquier caso, el objetivo es proporcionarnos un conocimiento profundo de la historia que vamos a narrar, y de cada uno de sus elementos. Todo el tiempo invertido se aprovechará luego, cuando no tengamos que detenernos a improvisar descripciones o intereses, con el peligroso riesgo de no saber por donde continuar o caer en la inconsistencia.

Como siempre, resumo en varios parráfos lo que necesitaría ser contado en medio centenar de folios. Ya habrá ocasión de desarrollar cada apartado en el futuro.

jueves 27 de diciembre de 2007

Guiones

Siempre me ha interesado la posibilidad de escribir un guión. Técnicamente, es menos exigente que una novela y me precio de tener una imaginación bastante visual, que podría adaptar con mayor o menor fortuna al lenguaje cinematográfico. Pero nunca me he metido en faena. Entre otras cosas, porque estoy seguro de que un guión escrito por mí terminaría en la la basura.

Veamos porqué.

Se me ha ocurrido una serie. Arranca en el Metro de una gran ciudad, quizá Madrid, a primeras horas de un día festivo. Los viajeros son pocos y malhumorados. Entonces, ocurre algo imprevisto. Una explosión, tal vez un atentado. El vagón salta de sus raíles y resbala sobre una lluvia de chispas... Cuando todo se despeja, y se empieza ya a bosquejar ya la personalidad de los personajes protagonistas (el que ayuda, el que no lo hace, el que mantiene la calma o el que empieza a chillar...) descubren que están encerrados. Los túneles están bloqueados y, aquellos que no lo están, conducen a estaciones colapsadas por el fuego y los escombros. Apenas disponen de luz, que no sea el de sus encendedores y las pocas linternas que puedan encontrar. Y a nadie se le ocurre de donde van a sacar agua o comida. Sólo en algo parecen estar de acuerdo, aunque estén demasiado conmocionados para rumiarlo demasiado: una catástrofe de grandes proporciones parece haber caído sobre la ciudad.

El primer capítulo podría terminar con una agónica transmisión de radio o llamada de teléfono móvil. El interlocutor avisa de que están sufriendo un ataque, antes de que su voz se calle para siempre.

Esa es la idea. Un puñadito de supervivientes encerrados en una oscuridad casi completa, sin saber qué ocurre ahí fuera. Descuibrir ese misterio podría ser el gran motor de la primera temporada.

No sé si la idea es interesante o no lo es. Supongamos por un momento que lo fuera. ¿Le interesaría a algún productor? Pide unos cuantos escenarios que imiten al metro y algunos efectos especiales. Todo eso cuesta pasta. Además, es una serie que parece ser de terror. No es un género bien considerado por el público patrio (si encima puntualizo que de terror no es, que tiene bastantes componentes de Ci-Fi, que exigirán abundantes efectos digitales, apaga y vámonos).

Ese es el problema. Aunque tuviera el talento necesario para escribir una serie como Lost, 24, BattleStar Galáctica o similares (y no he dicho que lo tenga), jamás lograría encontrar a alguien dispuesto a rodarla.

miércoles 19 de diciembre de 2007

Consistencia

Un buen relato no es muy diferente de un edificio. Podemos emplear técnicas de construcción tradicionales, o innovar en las formas y componentes. La única condición imprescindible es que sea sólido. No se pueden emplear materiales frágiles o inadecuados, que luego dificulten su uso o, en el peor de los casos, provoquen su colapso.

La consistencia se obtiene mediante el adecuado uso de las proporciones. En un relato, eso significa elaborar una presentación, nudo y desenlace de duración e intensidad adecuada. No es raro encontrarse con textos que dedican demasiado tiempo a una cosa o la otra. Pocos lectores perdonan fallos tan evidentes.

¿Cómo saber si nuestro manuscrito dosifica correctamente los tiempos? Es una pregunta muy difícil de responder. Normalmente, se obtiene cierta perspectiva cuando dejamos reposar nuestro texto durante unas semanas. Nosotros mismos nos atraganteramos en un inicio o un final demasiado largo, o bien echarmos en falta una mayor sustancia. También ayuda el leer textos de géneros y extensiones más o menos similares al nuestro, y compararlos.

La consistencia no sólo debe estar en la estructura, sino también en todos los elementos que la integran. En concreto, el narrativo, el descriptivo y el diálogo. Ayer mismo abandoné una novela de Dean Koontz que era una interminable situación de diálogos, como un guión. Un libro así tal vez atraiga a un productor de Hollywood, pero como material de lectura resulta, con perdón, un coñazo. La literatura juvenil, especialmente aquella donde aparecen dragones y magos (y no me refiero a Harry Potter) es una interminable sucesión de verbos. Como en una peli de acción. Los personajes no importan un comino, ni tampoco el escenario en el que se mueven. Otro tipo de literatura es pura descripción. Exquisita, en algunos casos, pero igualmente desencajada.

En un edificio, es fundamental disponer de unos buenos cimientos, una sólida estructura de hormigón y las oportunas paredes. Pero también debe existir cierta armonía y continuidad. No sería lógico encontrarse una oficina de acero y cristal sobre una planta de estilo neogótico (por decir algo) ni descubrir que las escaleras de un piso se interrumpen antes de alcanzar el siguiente. Por lo general, este es el problema más complicado de asimilar cuando se empieza a escribir. Tendemos a escribir las escenas o secuencias que nos gustan, y saltar a la siguiente con un abrupto final de capítulo. Eso debe evitarse. De hecho, creo firmemente que lo más interesante comienza cuando nos apetece detenernos. Es como hacer ejercicio. Sólo se empieza a quemar grasas y a desarrollar los músculos cuando cuesta.

Ejemplo tonto. Nuestro personaje Fulano ha tenido una discusión monumental con Mengano. La secuencia ha quedado cojonuda. Así que ahora terminamos el capítulo y saltamos directamente a la siguiente, cuando Fulano decide resolver sus diferencias con el otro personaje a punta de pistola... Pero también podríamos esforzarnos un poco y desarrollar ese interludio. En el fondo, es una oportunidad de oro. Porque así podremos conocer cual es el historial de desencuentros entre Fulano y su futura víctima, y qué pasos da antes de llegar al fatídico momento del asesinato.

Por lo general, todo texto debería conservar ese nivel de continuidad. Incluso los saltos entre una subtrama y otra pueden ser habilmente minimizados. Al lector se le invita a hacer un viaje. Podemos ajustar la velocidad del coche, para relajarlo o ponerle en tensión. Pero no podemos apearle de un vehículo para subirlo a otro. Si fuera imprescindible, debe ser de una forma que apenas lo note. Todos tenemos en mente ejemplos de novela que pueden leerse de una sentada (o podrían, si dispusiéramos del tiempo oportuno), incluso cuando combinan diferentes grupos de personajes y escenarios. Y novelas, en cambio, que son atropelladas, como un folletín por entregas.

Termino aquí, si bien es un tema que exigiría una extensión mucho mayor.

martes 18 de diciembre de 2007

Talleres literarios (2)

Ozi hizo unos interesantes comentarios a mi entrada anterior. Decía:

cómo puede haber una carrera universitaria dedicada a las artes? ¿Acaso alguien puede certificar el talento mediante un papel firmado y sellado? Pero con las artes, se puede obtener cierta capacidad sin haber leido una sola linea teórica.

Como autodidacta absoluto, no sólo en el campo literario, sino incluso en el profesional, debería estar de acuerdo con él. Pero no creo que el asunto sea tan sencillo. Evidentemente, una formación teórica no implica ninguna garantía artística. Yo mismo podría estudiar dibujo en las mejores escuelas, y no alcanzar siquiera la calidad mínima para parir un cartel publicitaria, debido a mi nulo instinto para manejar trazos y colores. En el mejor de los casos, haría de mí un imitador más o menos potable.

Sin embargo, el talento no puede funcionar en solitario. A los ocho años tenía exactamente el mismo talento que a los treinta y uno, pero es evidente que algo he mejorado desde entonces. He acumulado el sedimento de muchos libros, una mínima formación académica y cierta experiencia vital. ¿Cómo se hace una buena descripción o un buen diálogo? ¿Cómo combinarlos de manera satisfactorio dentro del marco narrativo? ¿Cómo se estructura la trama?... Para escribir con un mínima solvencia, es necesario hacerse un centenar de preguntas similares. La intuición proporciona pocas respuestas y demasiado vagas. Es necesario analizar libros ajenos, con el cuaderno de apuntes a mano, leer las indicaciones que otros han escrito y, por supuesto, mamar de fuentes académicas, medie o no medie matrícula.

En el fondo, el talento sólo ayuda a determinar qué funciona y qué no funciona, qué consejos o técnicas podría o no podría aplicar a mis propios escritos, haciendo más sencillo ese proceso de aprendizaje. Pero el talento siempre necesita de esa tierra para enraizar y crecer. De otro modo, ocurre lo mismo que me tocó padecer muchas veces en mi infancia: que esas técnicas e historias que yo consideraba geniales, ya estaban manoseadas y caducas.

Quizá mi opinión no seá válida si se aplica al dibujo o la música, por ser disciplinas que exijan (no lo sé) menos fondo teórico y más sensibilidad artística. Pero desde mi humilde punto de vista, creo que ambas cosas deben formar un todo.

sábado 15 de diciembre de 2007

Talleres literarios

Siempre me ha sorprendido que uno no pudiera licenciarse en Literatura. Se puede aprender a pintar o a tocar un instrumento a nivel universitario, pero no a escribir. En el mejor de los casos, debe conformarse uno a estudiar lo que parieron otros, o a redactar con la solvencia mínima para rellenar un trozo de periódico.

El oficio de escribir figura siempre como accesorio más o menos prescindible en los planes de estudio, pero nunca como objetivo primordial. Nadie se ha planteado nunca, que yo sepa, formar a un alumno en asignaturas tan díficiles como la construcción argumental, el diseño de los personajes, las complejidades de la descripción y del diálogo, etcétera. Son cosas que deben aprenderse de manera autodidáctica, o de forma tangencial cuando se cursan otro tipo de carreras.

Posiblemente, si un escritor pudiera licenciarse como tal, no se libraría de los apuros del no consagrado, pero podría convertir su vocación en algo más que un esfuerzo reservado al tiempo libre y no muy generoso en indicadores. Aprendería en tres años o en cinco, lo que normalmente se ha de adquirir en un espacio dos o tres veces más dilatado y mediante un tedioso proceso de ensayo y error. Y si a pesar de todo, no logra el éxito como literato, conservará un diploma acreditativo de su nivel de estudios, algo que nunca viene mal para hacer oposiciones, por citar un ejemplo tonto.

No es posible licenciarse como Novelista, claro está. La única opción disponible son los talleres literarios, grupos normalmente formados por otros autores vocacionales, mejor o peor formados en carreras relacionadas con las letras, y que pueden servir de guía y de punto de encuentro.

Personalmente, nunca he acudido a ningún taller. Internet está plagada de ofertas, pero no todas son honestas, ni parecen ofrecer nada interesante. El día que encuentre algún taller literario que exija superar un proceso de selección, que no sea el someterse a sus precios, tal vez me interese. Con eso, me estarían demostrando que enseñan algo útil, valioso y que exije cierta base previa. Si además informan del curriculum de sus respectivos profesores, y de las materias que enseñan, es probable que no me lo pensara demasiado.

Pagar, siquiera un céntimo, por oír el consejo o la crítica de otros escritores noveles y educadores de dudosa sapiencia, no me atrae en absoluto, y es algo que desaconsejo vivamente. Porque si alguien necesita compartir textos y experiencias literarias y aprender técnicas básicas del oficio, puede hacerlo sin soltar un duro, en los numerosos foros o grupos de noticias que pueblan la red.

martes 11 de diciembre de 2007

Neverwinter Nights

Hace un par de semanas, recuperé este juego de la estantería. Nunca ha permanecido quieto mucho tiempo, porque se cuenta entre mis favoritos. No puedo decir lo mismo de la segunda parte que, en mi opinión, nada aporta más allá del envoltorio gráfico, tan exigente y mal optimizado que es resulta muy difícil correrlo con solvencia en un equipo de gama media.

Neverwinter permite emular satisfactoriamente los juegos de rol convencionales, esa es su gran virtud. Otros títulos permitían la participación de un Director de Juego (como el Vampire), y son muchos los que facilitan un editor. Pero ninguno ofrecía la versatibilidad, posibilidades y, sobre todo, facilidad de uso, de la criatura de Bioware.

El resultado es que, varios años después de su lanzamiento, hay un enorme cantidad de material disponible creado por los aficionados. Y se sigue jugando. Puede correr en cualquier equipo, no es muy exigente con el ancho de banda, y los módulos ocupan muy poco, si se comparan con los de Neverwinter 2.

Personalmente, no soy demasiado amigo de la imaginería de Dungeons & Dragons, ni tampoco de la mecánica de sus juegos. Un personaje puede, por ejemplo, combatir utilizando una hacha pesada, pero por algún esotérico motivo, no puede empuñar una hoz si no ha sido entrenado para ello (entrenamiento que se obtiene, mágicamente, cuando se ha subido de nivel y se escoge esa opción). Es sólo una de las miles de incongruencias que pueblan un sistema de juego, no diseñado para emular la realidad, sino para plantear una serie de desafíos tácticos.

Si se enfoca desde ese punto de vista, la cosa no está nada mal, ya que obliga al jugador a planificar cuidadosamente las estadísticas o el equipo de su personaje, o a refinar las tácticas necesarias para vencer a determinados enemigos.

La campaña oficial sigue el esquema clásico del género, la del héroe que debe resolver entuertos siguiendo una línea argumental predeterminada, y ese mismo planteamiento se ha mantenido en la mayor parte de los módulos creados por aficionados. La excepción a esta regla son los mundos persistentes. A imitación de los juegos online masivos, en ellos no hay una línea argumental que seguir (o, de haberlas, son completamente opcionales). El reto está en explorar el escenario propuesto, siguiendo la relativa libertad interpretativa que ofrece el juego.

El mejor que he visto hasta ahora (y el que lleva dos semanas ocupando mis pocos instantes de ocio) es uno llamado Rhun. Si bien omite florituras, como la recolección de recursos, lo compensa con creces con su tamaño. Es enorme (como esta entrada del blog), e incluye numerosas búsquedas y sorpresas.

El módulo consta de unas 350 áreas (las he contado), la mayor de las cuales son exteriores de gran tamaño, hasta configurar un pequeño mundo, que incluye desde zonas de hielo a desiertos, pasando por el mundo subterráneo de la Infraoscuridad. Explorarlas no resulta sencillo, y no sólo por su cantidad y extensión. Es frecuente tropezar con áreas o enemigos especialmente difíciles, que obligan a retroceder y buscar rutas alternativas. Existen también unas cincuenta misiones disponibles, desde las típicas de buscar un determinado objeto, a otras más complejas. Debido a que el módulo está planteado para servir de mundo persistente, dichas búsquedas pueden repetirse, o pueden participar en ellas distintos grupos de jugadores a la vez.

Debido a ese mismo planteamiento, se puede empezar una nueva partida sin problemas cuando sea necesario, ya que los progresos realizados se guardan con el personaje (no sólo la experiencia o el equipo acumulado, sino también los mapas y piedras de teletransportación, que permiten volver a áreas ya visitadas) Por lo tanto, se pueden perfectamente alternar partidas en solitario con otras en red, o ir realizando modificaciones puntuales en el módulo, sin alterar los progresos realizados.

El módulo sólo tiene dos pegas, al menos, desde mi punto de vista. La primera, es que los diseñadores han omitido incluir entradas en el diario cuando se aceptan las misiones. Lo han decidido así para obligar al jugador a “rolear”, pero personalmente, me parece un engorro tener que apuntar manualmente a quien debo llevarle qué. La segunda pega, es que los mapas están relativamente vacíos, salvando los enemigos. No tiene mucho sentido plantear mapas tan grandes, si no hay siquiera un triste cofre abandonado que te obligue a desviarte para explorar su contenido.

En fin, no todo en esta vida va a ser trabajo. Digo yo.

domingo 9 de diciembre de 2007

Vivir mil veces

Mi sueño más íntimo es conquistar la inmortalidad. Supongo que lo mismo quiere cualquiera de vosotros. La muerte no es, ante todo, ni temible ni inevitable. Es obscena. El insulto final que debe padecer este ombliguista criatura, que nunca ha aprendido del todo a dejar el centro del universo. La tumba nos devuelve a la más elemental de las verdades; que somos máquinas biológicas. Ningún dios espera la cosecha de nuestra alma, buena ni mala, no habrá respuesta para ningún interrogante. Tampoco encontremos satisfacción para las injusticias, ni recompensas por nuesta virtudes. Sólo química haciendo su trabajo, como lleva haciéndolo algunos miles de millones de años.

No carece de atractivo, aunque parezca imposible concebir tal idea. Es un problema de perspectiva. La vida es derecho que todos adquirimos y al que no queremos renunciar, pero tal vez la muerte nos ayude a entenderla como un raro privilegio. Si estuviéramos condenados a no ver, a no escuchar y a no sentir hasta el fin de los tiempos, ¿qué no daríamos por el más breve parpadeo de luz, por la nota más efímera, por cualquier caricia? Eso es la existencia, después de todo, y no otra cosa. No hemos existido durante miles de millones de años, y tampoco lo haremos en los siguientes. Sólo disponemos de este breve instante. Cada uno de nuestros alientos es un tesoro único e irrepetible. Quizá debamos plantearnos como los aprovechamos.

martes 4 de diciembre de 2007

Bolígrafo oxidado

Desde que estrené mi nuevo empleo, no he vuelto a escribir. No es la primera vez que las circunstancias me apartan de un texto, pero nunca me acostumbro a esta sensación de empacho. Las palabras que deberían salir de mi mano parecen conquistar todos mis espacios, y se apropian de mis pensamientos. Creo que eso lo que buscan, en el fondo. No un cauce de lecho blanco sobre la pantalla del ordenador, sino enraizar en la tierra y ser regadas con sangre. Latir, aunque no puedan hacerlo solas, y deban robarle la vida de su portador. Es estos momentos cuando pienso que no hago literatura, ni buena ni mala. Es ella la que me sueña, la que me usa, la que me arrastra. No quiera que lea ni que escriba. No es en una cosa ni en la otra donde tengo el aliento ni el corazón. Es en la fuente misma de todas las manisfestaciones donde está la llama; en el papel sólo quedan tibios rescoldos. Allí busca su anhelo, usándome de barca y marea.

No me disgusta su empuje, también es verdad. Me salva de la certeza de saberme humano, con todas sus limitaciones, y me seduce con dulces promesas. Yo no escribo, me dice. Es un tarea sin gloria. Debería ser como Bastián, y construir mi propio universo sin más leyes que mi propia voluntad. Y a veces, en la almohada, en el sueño agitado del pasajero que vuelve a casa, en un rincón íntimo que no debería relevarse, siento esa posibilidad en la yema de los dedos. Pero cuando cierro el puño y lo devuelvo a mi rostro expectante, descubro una palma vacía. Vuelvo a ser un hombre, sujeto a las miserias y barricadas del vivir, sin más brillo del que pueda obtener escribiendo sus historias.

Así que debo volver al sucedáneo, haciendo creer a otros la existencia de mundos y personajes que yo conoceré jamás. Salvo en mis más profundos deseos.