jueves 20 de marzo de 2008

Como decíamos ayer

He estado a punto de abandonar este blog. El día se me queda bastante corto, y lucir ombligo en este ignorado espacio es la más prescindible de mis actividades. Pero aquí sigo. 

Mi verdadera vocación no es la literatura, en el sentido más convencional del término. Son las historias, más allá de sus planteamientos formales o estilísticos.  Despejar un terreno de la imaginación para construir allí lo que nos plazca. Hay algo primitivo y poderoso en el proceso creativo. Es la energía que engendró a los dioses de todos los panteones, que empujó al hombre a buscar respuestas donde no parecía haberlas. Gracias a la imaginación, aunque no seamos del todo conscientes, desarrollamos una porción significativa de nuestra existencia en un plano totalmente inmaterial. A diferencia de los animales, nosotros afrontamos nuestro día a día espoleados por nuestros miedos, nuestros deseos, nuestras esperanzas. Actuamos y reaccionamos condicionados por nuestra concepción íntima del mundo, y raramente obedecemos a su realidad más terrena (de ahí el éxito de la lotería, por citar un ejemplo estúpido)

La literatura busca encauzar esas posibilidades hacia un objetivo concreto. Esa expresión formal que es el libro impreso. Pero también se admiten otras posibilidades. Si podemos imaginar un universo, nada nos impide imaginarnos a nosotros mismos. Poner en suspenso todas aquellas estructuras éteras que nos condicionan y nos encadenan y reformularlas de acuerdo a nuevos principios. ¿Por qué no? Cuando yo era niño, mi timidez rozaba lo patológico. Sin embargo, era capaz de concebir personajes valientes y descarados, que siempre acertaban con la actitud o la palabra adecuada. Tardé algún tiempo en entender que ese valor y ese desparpajo me pertenecían. Estaban dentro de mí, ocultos, y me bastaba buscarlos y utilizarlos. Los que me conocen actualmente no pueden concebir que yo fuera un niño tímido.

Por todo esto, no es extraño que uno de mis principales intereses sea la Historia, con hache mayúscula. Condensa los sueños y las crónicas de la humanidad, aunque sólo conozcamos los escasos y ridículos fragmentos que han sido capaces de sobrevivir al azote del tiempo.

Pero estudiarla desde un punto de vista profesional, siempre ha sido problemático. Cuando superé el acceso para mayores de 25 años, arrastraba una adolescencia vacía de méritos académicos, que me ataba a trabajos mal remunerados. Tuve que invertir tiempo en parchear carencias, estudiando otras cosas. Ahora que disfruto de una decente categoría profesional y un futuro más o menos estable (este mes se ha saldado con un considerable aumento de sueldo y una más que considerable prima), ha llegado el momento de centrarme en lo que realmente me interesa. La Historia. Aunque no podré matricularme hasta octubre, ya me he comprado el (carísimo) lote de libros correspondiente al primer año, y he procedido a su paciente digestión.