Tampoco sería justo negarle a la Ciencia Ficción su valor lúdico. Quizá haya pocas cosas tan profundamente humanas como el fantasear sin rumbo prefijado. También es manantial de grandes cosas, cuando termina por combinarse con la razón y el empeño. Pensemos en algo tan puramente Ci-Fi como es la carrera espacial. Podemos sentarnos a discutir durante una semana un buen número de razones científicas y prácticas para asomarse al espacio. Tampoco carecían de necesidades y argumentos quienes se aventuraron en el mar, o las tierras no configuradas por el mapa. Pero en todos los casos se esconde un impulso secreto, ese que nos enseña que somos una raza de exploradores. Hace miles de años, como todos los animales, nos conformábamos con los pies, pero muy pronto descubrimos terrenos y sendas que sólo existen en nuestra mente, a ellos dedicamos no pocos esfuerzos. Muchas veces, no nos importa si el paisaje a visitar es un mundo medieval plagado de elfos, o una galaxia muy, muy lejana, donde las diferencias se resuelven con sables de luz y naves de gran eslora. Son como canales abiertos en un gigantesco dique, que liberan las tensiones que podrían romperlo.
lunes 31 de marzo de 2008
domingo 30 de marzo de 2008
Sobre la Ci-Fi (1)
Tengo tendencia a pasar más tiempo en el futuro o entre las estrellas que sobre la Tierra. Es lo que mi padre llamaba "tener demasiados pájaros en la cabeza", un estado que sin duda abandonaría junto con la edad del pavo. Pero la edad no ha traído soluciones, si acaso herramientas más eficaces para profundizar en mi naturaleza y buscar compromisos donde antes encontraba tangentes. La imaginación puede levantar ensoñaciones vacías de sustancia, y servir de máscara a realidades que se pueden o no se quieren encarar. Pero también puede ser una mecanismo útil para la exploración.
Podemos exportar nuestros miedos o esperanzas a otros mundos y épocas, libres del corsé de los prejuicios y modelos imperantes. Podemos tender un puente hacia hombres y mujeres que no nos dejaron ni el polvo de sus huesos, o que tardarán muchos siglos en nacer, y estudiar en ellos nuestro propio reflejo. Podemos, en definitiva, usar la fantasía para plantear nuestras dudas y experimentar con todas las posibles respuestas, sin ánimos de establecer credo ni cátedra.
Por eso me fascina el género de la Ciencia Ficción.
viernes 21 de marzo de 2008
Los lectores de Ebooks

Hace unos meses me hablaron de una alternativa, los llamados Reader Books. La verdad es que no me llamaron la atención, salvo por su escandaloso precio.
No podía entender qué justificaba gastarse más de doscientos euros, al cambio,
en un trasto con pantalla monocroma y sin retroiluminación.
El secreto está en que no se trata de una pantalla convencional, sino de una tecnología completamente nueva, la llamada tinta electrónica. Leer en una de ellas es lo más parecido a hacerlo sobre un libro de verdad. Además, se trata de trastos especialmente diseñados para la lectura. Adios a esos sistemas que malamente entendían formatos más elaborados que el TXT, sobre todo si incluían imágenes.
Después de evaluar las distintas ofertas, me decanté por el Sony PRS 505. No se comercializa en España, así que tuve que mandarlo a pedir a Estados Unidos, vía Ebay. Unos 230 euros al cambio, que se inflaron en unos 40 más cuando los señores de aduanas comprendieron que soy un tipo con pasta y quisieron aligerármela un poquito.
Sin embargo, cuando encendí por primera el aparato, empecé a comprender en qué habían invertido el dinero. Incluso mirados muy de cerca, los caracteres que aparecen en pantalla son difíciles de distinguir de los impresos, ya que carecen de pixelados, luces o parpadeos. Es lo más parecido a leer un libro de verdad; una sensación que se reforzada por la inclusión de unas tapas protectoras de cuero.
Los archivos se pueden almacenar directamente en el dispositivo, o bien en una tarjeta de memoria. Se admiten la Pro Duo y las SD. Para transferirlos, se usa un programa que recuerda vagamente al I-Tunes de Apple, y que nos permite ordenar nuestros Ebooks por colecciones. Limitado en cuanto a posibilidades, eso sí, aunque suficientes.
La recarga de batería se efectúa mediante USB, aunque también es posible adquirir un adaptador. Sólo se consume energía al pasar de página, lo que asegura que pasará bastante tiempo entre recarga y recarga.
El PRS reconoce los formatos más habituales, como el DOC o el PDF. Sin embargo, no se termina de llevar muy bien con ninguno de ellos. Suele ignorar las imágenes que pueden acompañar a los DOCs o RTFs y, además, muestra los tamaños de fuente habituales (1o o 12) demasiados pequeños. Los PDFs, debido a su naturaleza, se muestran correctamente, pero dado que en pantalla se muestra la página entera, pueden ser imposibles de ller, salvo usando el zoom.
Afortunadamente, existe un programita llamado Book Designer que permite cambiar fácilmente de cualquier tipo de archivo de texto al formato nativo del Sony PRS, el LRF. A la larga, es más cómodo y rentable, ya que los archivos LRF pesan menos que su equivalente en DOC o PDF, y se muestran de manera óptima en el lector sin estropear el diseño original, incluyendo las posibles imágenes.
Una vez formateados y cargados nuestros archivos, el menú principal del lector nos permite acceder a ellos bien ordenados por autor, por título, por fechas o por colecciones. Adicionalmente, nos permite acceder a los controles de MP3 (sí, también admite la carga y escucha de archivos de música) y a las imágenes.
La carga de libros y el paso de página se realiza razonablemente rápido si hablamos de archivos LRF, incluso si hay imágenes de por medio. Existen botones para avanzar y retroceder de página (dos pares: uno en el extremo inferior izquierdo y otro a la derecha), así como una hilera de botones del 0 al 9, que permiten acceder rápidamente a cualquier acción de menú, así como seleccionar el número exacto de página al que queramos avanzar. Por defecto, el lector memoriza la última página de lo que estuviéramos leyendo, pero también nos permite establecer nuestras propias marcas de lectura pulsando un botón. Otro botón nos permite cambiar el tamaño de letra (pequeña,
mediana o grande)
¿Es un aparato perfecto? Posiblemente no. Debería ser más preciso y flexible a la hora de interpretar distintos formatos, por ejemplo, o en su defecto permitir realizar las conversiones oportunas desde su propio gestor, sin necesidad de recurrir a terceros. Tampoco es muy satisfactorio para visualizar imágenes (dicho de otro modo: leer cómics), tanto por presentarlas en una simple escala de grises, como por la poca flexibilidad y agilidad de sus sistema de zoom o rotación.
Ahora bien, salvados esos escollos, para lo que realmente interesa y está diseñado, la lectura de libros electrónicos, es intachable. Si me hubieran contado hace unos años que iba a poder llevar conmigo más de doscientos libros en el bolsillo, con todas sus portadas e ilustraciones, no me lo hubiera creído.
jueves 20 de marzo de 2008
Como decíamos ayer
He estado a punto de abandonar este blog. El día se me queda bastante corto, y lucir ombligo en este ignorado espacio es la más prescindible de mis actividades. Pero aquí sigo.
Mi verdadera vocación no es la literatura, en el sentido más convencional del término. Son las historias, más allá de sus planteamientos formales o estilísticos. Despejar un terreno de la imaginación para construir allí lo que nos plazca. Hay algo primitivo y poderoso en el proceso creativo. Es la energía que engendró a los dioses de todos los panteones, que empujó al hombre a buscar respuestas donde no parecía haberlas. Gracias a la imaginación, aunque no seamos del todo conscientes, desarrollamos una porción significativa de nuestra existencia en un plano totalmente inmaterial. A diferencia de los animales, nosotros afrontamos nuestro día a día espoleados por nuestros miedos, nuestros deseos, nuestras esperanzas. Actuamos y reaccionamos condicionados por nuestra concepción íntima del mundo, y raramente obedecemos a su realidad más terrena (de ahí el éxito de la lotería, por citar un ejemplo estúpido)
La literatura busca encauzar esas posibilidades hacia un objetivo concreto. Esa expresión formal que es el libro impreso. Pero también se admiten otras posibilidades. Si podemos imaginar un universo, nada nos impide imaginarnos a nosotros mismos. Poner en suspenso todas aquellas estructuras éteras que nos condicionan y nos encadenan y reformularlas de acuerdo a nuevos principios. ¿Por qué no? Cuando yo era niño, mi timidez rozaba lo patológico. Sin embargo, era capaz de concebir personajes valientes y descarados, que siempre acertaban con la actitud o la palabra adecuada. Tardé algún tiempo en entender que ese valor y ese desparpajo me pertenecían. Estaban dentro de mí, ocultos, y me bastaba buscarlos y utilizarlos. Los que me conocen actualmente no pueden concebir que yo fuera un niño tímido.
Por todo esto, no es extraño que uno de mis principales intereses sea la Historia, con hache mayúscula. Condensa los sueños y las crónicas de la humanidad, aunque sólo conozcamos los escasos y ridículos fragmentos que han sido capaces de sobrevivir al azote del tiempo.
Pero estudiarla desde un punto de vista profesional, siempre ha sido problemático. Cuando superé el acceso para mayores de 25 años, arrastraba una adolescencia vacía de méritos académicos, que me ataba a trabajos mal remunerados. Tuve que invertir tiempo en parchear carencias, estudiando otras cosas. Ahora que disfruto de una decente categoría profesional y un futuro más o menos estable (este mes se ha saldado con un considerable aumento de sueldo y una más que considerable prima), ha llegado el momento de centrarme en lo que realmente me interesa. La Historia. Aunque no podré matricularme hasta octubre, ya me he comprado el (carísimo) lote de libros correspondiente al primer año, y he procedido a su paciente digestión.
